Table Of ContentAntología Denis Sulmont. Archivo: Grandes Cambios en el Mundo de Trabajo_______
TRASNFORMACIÓN PRODUCTIVA Y NUEVAS OPCIONES
SINDICALES1
Denis Sulmont Samain 1992
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Introducción
El sindicalismo peruano se encuentra en una situación de gran debilidad y
desconcierto, sigue existiendo con sus limitaciones, pero necesita una profunda
reorientación para recobrar fuerza y legitimidad. Creemos que ello es posible y que el
movimiento sindical puede convertirse en un actor social importante para salir de la
crisis del país, encontrar un rumbo de desarrollo y de democracia y garantizar la defensa
de los derechos de los trabajadores.
El debilitamiento del sindicalismo no se debe a una gran baja de trabajadores
asalariados2, guarda relación más bien con la precarización del empleo, con la carencia
de inversión y renovación tecnológica y gerencia! de las empresas y con la falencia del
Estado, que colocan al Perú en una situación de extrema vulnerabilidad en la economía
mundial. Resulta difícil actuar sindicalmente cuando algunas empresas están al borde de
la quiebra y cuando los trabajadores tienen que laborar en actividades informales o de
mera subsistencia. Parte del debilitamiento sindical tiene que ver además con el clima
de violencia que vivimos.
Pero las dificultades no se deben solamente a causas externas al movimiento
sindical, provienen también de su propio seno. Lo que está en cuestión son las
categorías de análisis, las formas de organización y la estrategia que orienta la lucha
sindical. El sindicalismo actúa todavía de acuerdo a esquemas y prácticas del pasado
que no se adecuan a los retos de la situación actual.
¿Cómo renovar el sindicalismo de acuerdo a lo que ocurre hoy en el mundo y en
el país? ¿Qué nuevos lineamientos requiere para superar sus debilidades actuales,
recobrar legitimidad ante el conjunto de la sociedad, defender más eficientemente los
derechos laborales y ser a la vez actor del desarrollo con equidad?
Para contribuir a responder a estas interrogantes, dividiremos nuestra reflexión
en dos partes: en la primera, examinaremos los grandes cambios que están ocurriendo
en la producción, la organización del trabajo y la regulación de las relaciones laborales;
en la segunda, formularemos algunos criterios y propuestas que nos parecen importantes
para renovar la acción sindical hoy.
1 Publicado por ADEC-ATC en 1992, como material para capacitación de líderes sindicales. Fue
publicado en la Revista Economía y trabajo Año 1 N° 2 en 1993, bajo el título “Nuevos retos del mundo
del trabajo”, Santiago de Chile. Posterior mente se publico una versión sintética en Paginas N° 133 en
1995.
2 El porcentaje de obreros sobre el total de la PEA ha pasado de 27% en 1971 a 25% en 1989, mientras
que el de empleados subió de 18% a 22% en el mismo período. El sector público emplea el 10% de la
PEA total. Sumando obreros y empleados, los asalariados representaban cerca de la mitad de la PEA a
fines de los 80. Se evalúa que un 37% de estos asalariados está sindicalizado (Ver Cuánto, Perú en
números 1991, p. 305; y Cuadernos Laborales No. 75, marzo de 1992).
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1. Cambios en la producción y el trabajo
Atravesamos a nivel mundial un momento de transición, de desorden e
incertidumbre. Los modelos de desarrollo y de cambio social que han prevalecido a lo
largo del siglo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, parecen haberse
agotado a principios de los años 70. La producción industrial masiva, la
institucionalización de los derechos colectivos de los trabajadores, el capitalismo
regulado por el Estado; el socialismo estatista, el populismo y la industrialización
sustitutiva de importaciones en América Latina, todo esto se encuentra en cuestión.
Ante la amenaza ecológica, el modelo de desarrollo y de consumo de los países
desarrollados resulta insostenible a nivel mundial. El futuro se ha vuelto incierto.
Prevalecen el liberalismo, la desregulación social, la competencia. Estados Unidos,
Europa y Japón se disputan la hegemonía mundial, mientras recrudecen los
nacionalismos; surgen nuevos países industrializados, como Corea del Sur. Al mismo
tiempo crecen las desigualdades entre países y al interior de cada nación. Los avances
tecnológicos abren el camino a nuevas modalidades flexibles de producción y de
trabajo; ofrecen grandes posibilidades de desarrollo de las capacidades de la humanidad,
pero también nuevas amenazas. En el Perú, el caos actual hace impredecible nuestro
rumbo durante las próximas décadas. No encontramos un modelo definido de sociedad
futura; se nos presenta más bien un pluralismo de opciones posibles.
1.1. Ajuste estructural
Desde 1980, la mayoría de los países latinoamericanos vienen aplicando
políticas de ajuste, inspiradas por el FMI y el Banco Mundial, que buscan adecuar las
economías nacionales a las nuevas condiciones de la economía mundial: la
incorporación de los cambios tecnológicos, la flexibilidad y descentralización de la
producción y la adaptación de las empresas a mercados más competitivos e inestables a
nivel mundial.
Las medidas de ajuste apuntaron a aliviar la deuda externa, disminuyendo los
gastos de los gobiernos (gastos sociales, infraestructura, subsidios, etc.); asimismo,
trataron de incrementar la eficiencia en el uso del capital y los factores de producción
mediante la liberalización del comercio, la eliminación de control de precios, la
privatización de las empresas públicas, y otras medidas de política monetaria y
cambiaria. El ajuste destruyó parte de la estructura productiva industrial promovida y
protegida por los regímenes desarrollistas y reformistas en las décadas anteriores. Trajo
como consecuencia una recesión, la quiebra de numerosas empresas y el despido de
muchos trabajadores, haciendo crecer la pobreza y la concentración de la riqueza. A su
vez, abrió el camino a una reorientación de la economía y una reconversión productiva
de acuerdo a una estrategia de inserción en la economía mundial.
Las políticas señaladas han sido aplicadas de manera más o menos drástica
según cada país, dependiendo de la capacidad de autonomía y de resistencia de los
agentes socio-económicos afectados: empresarios, trabajadores y gobiernos. En general,
los efectos destructivos han sido mayores que los constructivos. La apertura a los
mercados mundiales ha avanzado y logrado ciertos éxitos -por ejemplo la producción
frutícola y maderera en Chile-, pero la mayoría de los países latinoamericanos entran
con retraso y desventajas en la competencia mundial, con una capacidad insuficiente de
incorporación de los conocimientos científicos y técnicos; además, las grandes
desigualdades sociales reducen las posibilidades de fortalecer los mercados internos y
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de lograr una cohesión social para llevar a cabo una política de desarrollo nacional
sostenido y eficiente.
1.2. Herencia industrial y relaciones laborales
Para entender mejor las opciones de desarrollo existentes para América Latina,
es necesario precisar la naturaleza de los grandes cambios que están ocurriendo a nivel
mundial.
Como dijimos, estamos en un proceso de transición. Salimos recién de una etapa
de expansión del capitalismo que empezó a fines del siglo pasado y alcanzó su época de
oro en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Esta etapa, durante la
cual creció el sindicalismo moderno, tuvo como característica central la producción
industrial en masa. Corresponde a la Segunda Revolución Industrial, que introdujo
nuevas fuentes de energía -la electricidad y el petróleo- y una serie de innovaciones
claves en la producción yen el transporte. Esta revolución industrial -en la que el acero y
el petróleo baratos se convirtieron en recursos estratégicos- llegó a un claro límite tras el
shock petrolero de 1974.
La industrialización en masa estuvo asociada a cuatro fenómenos que influyeron
decisivamente sobre el mundo del trabajo: la producción en serie; la fragmentación del
trabajo y la pérdida de control del trabajador sobre la producción (obrero sin oficio); la
extensión y regulación de las relaciones salariales (Pacto Fordista); y la intervención del
Estado de Bienestar (Consenso Keynesiano y Estado Protector) Veamos brevemente
cada uno de ellos.
a. La producción en serie:
Basada en complejos de máquinas, la producción en serie significó el
desplazamiento de los pequeños centros de trabajo artesanales y el surgimiento de las
grandes fábricas. Con ellas, se impuso la fabricación masiva de productos
estandarizados. Las empresas necesitaron una mayor concentración de capital y un
control sobre los mercados más extensos. El proceso productivo adquirió rigidez.
b. La fragmentación del trabajo y la pérdida de control del trabajador sobre la
producción (obrero sin oficio):
La producción en serie se sustentó en la fragmentación del trabajo. Las fábricas
emplearon a trabajadores descalificados, asignados a tareas parcelarias y sometidas al
ritmo de las máquinas. Apareció el taylorismo, una organización llamada “científica”
del trabajo que, a partir de la fragmentación y programación de las tareas por los
técnicos de las empresas, establece un sistema riguroso de supervisión y control sobre
los obreros con la finalidad de intensificar la producción (Braverman, 1980). La figura
típica del trabajador fue la del obrero sin oficio, despojado de todo control sobre el
proceso productivo y cuya fuerza reivindicativa proviene de la organización de masa.
c. La extensión y regulación de las relaciones salariales (Pacto Fordista):
La relación típica de trabajo llegó a ser la del trabajador dependiente que presta
servicios a un empleador de manera más o menos continua, a cambio de un salario.
Como consecuencia de las luchas obreras y de la necesidad de paz social, las empresas y
los gobiernos establecieron normas y procedimientos para regular el conflicto entre
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capital y trabajo. Una forma importante de regulación fue el Pacto Fordista, que alude al
acuerdo negociado entre Henry Ford -iniciador de la producción en serie de auto
móviles- y sus obreros; según este acuerdo, el empresario accede a negociar
colectivamente con los trabajadores y compartir con ellos parte de los beneficios
provenientes del incremento de la productividad, aumentando regularmente los salarios.
De este modo el capital logra a la vez amenguar el descontento laboral y ampliar el
mercado para los nuevos productos de consumo masivo; pero, esta negociación tiene
como condición que los trabajadores no intervengan en la organización de la
producción, ni participen en la gestión económica-financiera de las empresas. En otras
palabras se negocia con el trabajador en tanto que ciudadano-consumidor, no en cuanto
ciudadano-productor. El pacto fordista facilitó el crecimiento de los sindicatos, pero
también encauzó la acción sindical hacia una orientación básicamente economicista, es
decir priorizando las reivindicaciones de incremento salarial, y dejando en un segundo
piano las exigencias sobre las condiciones de trabajo y la participación en la toma de
decisiones respecto a la marcha de las empresas.
d. La intervención del Estado de bienestar (Consenso Keynesiano y Estado
Protector):
En la regulación de las relaciones entre capital y trabajo, intervino también el
Estado. Este asumió la institucionalización de los derechos laborales y las
negociaciones colectivas. Junto con los representantes empresariales y sindicales, los
gobiernos participaron en la Organización Internacional del Trabajo OIT con la
finalidad de sentar la base de una normatividad laboral de aceptación tripartita. A raíz
de la crisis de 1930, el Estado desempeñó un papel más directo en la economía, y
siguiendo las orientaciones del economista inglés John Keynes, varios gobiernos
occidentales aplicaron políticas de inversión y gasto público destinadas a mantener el
nivel de empleo y de ingresos, e incentivar la producción. A ello, se sumó la expansión
de los sistemas de prevención y seguridad social. Se crearon también seguros de
desempleo.
Luego de la segunda guerra mundial, los trabajadores asalariados obtuvieron
beneficios sociales más extendidos y una mayor protección por parte del Estado. De este
modo mejoró el nivel de vida de la clase obrera de los países desarrollados. El Estado
capitalista se convirtió en Estado Protector y Estado de Bienestar. El capital y el trabajo
lograron un compromiso de clase basado en una combinación de Pacto Fordista y de
consenso keynesiano: el trabajador obtuvo la seguridad que parte de sus necesidades
materiales fueran satisfechas, a cambio de reconocer al capitalista el pleno control sobre
los medios de producción.
1.3. Industrialización y populismo latinoamericano
La producción industrial en masa y los compromisos de clase logrados en los
países capitalistas desarrollados tuvieron influencia sobre los procesos de
industrialización sustitutiva de importaciones en América Latina. Los regímenes
desarrollistas y reformistas de los años 50 y 60 siguieron en parte el modelo de los
países centrales en cuanto a tecnología, organización del trabajo, patrones de consumo,
institucionalización de las relaciones laborales, etc. Pero lo hicieron en contextos
nacionales diferentes, desde una situación de dependencia, en la periferia de la
economía mundial.
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En primer lugar, la expansión capitalista en América Latina, si bien siguió un
ritmo acelerado, no llegó a resolver la heterogeneidad estructural de nuestras
sociedades; la industrialización no pudo absorber a las masas marginadas del campo que
migraron a las ciudades. El modelo industrial moderno coexistió con una creciente
economía popular de subsistencia. En segundo lugar, la producción industrial en masa
fue más restringida. Muchas empresas se limitaron a ensamblar productos elaborados en
los países desarrollados. La sustitución de importaciones encontró trabas para
incursionar en la fase más difícil de producción de bienes de capital La organización
taylorista del trabajo fue aplicada de manera limitada, combinándose con formas
tradicionales de autoridad Datronal (Bai 1989).
En tercer lugar, dadas las limitaciones del desarrollo capitalista, las clases
sociales fueron menos definidas. La interacción entre empresarios y trabajadores estuvo
enmarcada en políticas de corte populista: es decir un tipo de compromiso político
orientado hacia el desarrollo urbano-industrial, involucrando a parte de las capas
dominantes, los sectores medios y populares urbanos. Compromiso promovido por un
líder y partido político que, hablando en nombre de la nación, promueve una política de
reformas, la protección de las inversiones industriales y de los intereses de los
trabajadores y la redistribución social destinada a expandir el mercado interno. Una de
las características del populismo, al igual que el compro miso keynesiano, ha sido el
papel decisivo del Estado (Sulmont, 1991: 33).
El fenómeno populista tiene puntos en común con el compromiso fordista y el
Estado de Bienestar de los países desarrollados. Ha representado para los trabajadores
asalariados importantes conquistas económicas y sociales, fruto en muchos casos de sus
propias luchas. Pero cabe subrayar también las limitaciones que impuso al sindicalismo.
En su relación con los regímenes populistas, el sindicalismo latino-americano ha
sido dominado por una lógica de acción reivindicacionista: lógica que consiste en
ejercer presiones hacia el Estado y, a través de él, hacia las empresas para acceder a una
parte del excedente económico y beneficios sociales, pero sin tener una participación y
una responsabilidad en el proceso productivo y en el diseño de las políticas económicas.
Esta orientación -llamada también economicista- ha marcado profundamente la
conducción de las luchas sindicales, ya sea en su forma conciliadora o radical,
constituyendo, a mi entender una de las principales limitaciones del sindicalismo para
encarar la situación actual.
La lógica reivindicativa enmarcada en el modelo populista entró en crisis junto
con las dificultades del proceso de industrialización para enfrentar el salto a una etapa
más avanzada y para superar las limitaciones de los mercados internos. Surgieron una
serie de trastornos sociales y políticos, que provocaron la ruptura de los compromisos
populistas y la instauración de regímenes autoritarios o dictaduras militares que
intentaron desmantelar la organización sindical y el marco institucional de regulación de
las relaciones laborales constituido en las décadas anteriores.
La crisis del populismo llevó a una parte del movimiento sindical a afirmar una
política de autonomía de clase, asumiendo una lucha más directa en el seno de las
empresas yen contra de los regímenes autoritarios. Este nuevo sindicalismo clasista
encontró limitaciones para articular su lucha con una propuesta nacional viable.
Algunos sectores radicales se aislaron y desgastaron; otros buscaron nuevos caminos.
La crisis del desarrollo industrial latinoamericano fue postergada por la
disponibilidad de préstamos internacionales que sirvieron para financiar inversiones y
gastos de escasa productividad, provocando una situación insostenible de
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endeudamiento a partir de 1982. Esta situación dio lugar a las medidas de ajuste, con
sus conocidos efectos: recesión, desindustrialización, incremento del sector informal,
baja de los salarios, etc.
1.4. Nueva escena mundial
Regresemos ahora a la escena mundial, para precisar los acontecimientos que
inciden sobre la reestructuración económica en el período de transición que estamos
viviendo podemos señalar gruesamente la convergencia de los siguientes procesos: el
estancamiento de la rentabilidad del gran capital industrial (fin de la época de oro),
especialmente en los Estados Unidos; la ofensiva neo-liberal; la crisis del socialismo
real; el desarrollo de una economía mundial multipolar; y la revolución técnico-
económica basada en la micro-electrónica.
a. El estancamiento de la rentabilidad del gran capital industrial (Fin de la época de
oro):
El estancamiento de la rentabilidad del gran capital industrial en los países
desarrollados a fines de los años 60, especialmente en los Estados Unidos, se debió a
diferentes causas. Una de ellas ha sido la rigidez de la estructura productiva que hizo
más difícil la adaptación de las empresas gigantes a los cambios; otra proviene del
incremento de los costos de materia prima y de mano de obra. El petróleo dejó de ser
barato a partir de 1974. Hubo que racionalizar el uso de materiales y encontrar nuevas
tecnologías ahorrativas de energía. Por otra parte, las empresas se enfrentaron a
vigorosos movimientos laborales, con demandas económicas y sociales crecientes,
incluyendo exigencias de participación en la gestión (como fue el caso en Francia en
1968 y en Italia en 1969). Muchos empresarios reaccionaron tratando de atacar las bases
del poder sindical, cuestionando el pacto fordista y el rol del Estado protector, y
llevando a cabo una política de descentralización y flexibilización de la mano de obra.
Establecieron una distancia mayor entre los técnicos-profesionales y los trabajadores
menos calificados, impidiendo que estos últimos asumieran responsabilidad en la
renovación productiva y el incremento de la eficiencia de las empresas. Veremos como
la aplicación de este tipo de política contribuyó a que Estados Unidos perdiera terreno
en la competencia internacional, especialmente frente a Japón y Alemania.
b. La ofensiva neo-liberal:
Lo anterior está asociado a una ofensiva ideológica y política neo-liberal a nivel
internacional, que tuvo su período culminante con la victoria de Margaret Thatcher en
Gran Bretaña (1979), y de Ronald Reagan en los Estados Unidos (1981). Esta ofensiva
comprende dos dimensiones: en primer lugar una reacción neo-conservadora de los
sectores amenazados por las presiones sociales, propician regímenes autoritarios para
gobernar y defender sus intereses; en segundo lugar, una estrategia de liberalización
económica a nivel mundial por parte de los centros de poder capitalistas para crear las
condiciones de una reestructuración tecnológica y productiva, asegurando la movilidad
de capitales y la flexibilización de las relaciones de trabajo3. Esta corriente neo-liberal
3 Los principales objetivos del neo-liberalismo en el terreno de las relaciones capital-trabajo son: 1.
afianzar el principio de propiedad privada, entendida como garantía de la libertad, de la iniciativa
empresarial y del progreso; 2. promover el mercado y la competencia como forma de regulación de la
economía y de toda la sociedad; 3. contrarrestar el poder de la organización y participación de los
trabajadores, dispersándolos para evitar que se constituyen en actores sociales y políticos; y 4. restringir la
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se vio reforzada por la crisis del socialismo real. Pero también empezó a declinar en los
últimos años, ante las dificultades crecientes de la economía norteamericana.
c. Crisis del socialismo real:
La crisis del socialismo real ha sido la crisis de un modelo estatista de
planificación económica, que no dejaba lugar a las relaciones de mercado, a la
autonomía empresarial, y a formas democráticas de representación social y política.
Este modelo llevó a cabo un salto industrial en La URSS y otros países comunistas
hasta la década de los 60; pero, desde entonces, fue incapaz de renovarse y acceder a
una fase superior de eficiencia económica. Hoy día, a través de procesos políticos
divergentes, Europa del Este por un lado, y China por otro lado, se incorporan en la
economía mundial y promueven la economía de mercado. Junto con la caída del muro
de Berlín, este gran cambio trajo numerosas consecuencias. Entre ellas: la pérdida de
significación del conflicto este-oeste que dividió el movimiento sindical durante tantos
años; el cuestionamiento radical de la ideología marxista- leninista dogmática que
estuvo en la base de aquel modelo estatista y la mundialización de la economía.
El balance de la experiencia del socialismo real plantea el reto de no perder lo
mejor de la tradición socialista -particularmente el tema de la solidaridad y equidad
social-, de recoger los aportes del liberalismo en lo que se refiere a la autonomía de los
sujetos sociales, el papel del mercado y de la empresa, y de encontrar formas de
profundizar la democracia.
d. El desarrollo de la economía mundial multipolar:
Al igual que los medios de comunicación, los conocimientos técnico- científicos
y la cultura, la mundialización de la economía constituye una realidad cada vez más
tangible. Las empresas no pueden planificar su producción sin tomar en cuenta los
mercados y la competencia mundial. Estamos ante la constitución de una economía
mundo. En esta economía, tres ejes se disputan la hegemonía: Estados Unidos (a los
cuales están asociados Canadá, México y probablemente el resto de América Latina)4;
Japón, relacionado con parte de Asia; y Europa, dominada por Alemania con influencia
sobre los países del Este. En este panorama multipolar, hay que situar a China, cuya
economía está en pleno crecimiento, ya los Nuevos Países Industrializados, entre los
cuales destacan los llamados “Tigres Asiáticos” encabezados por Corea.
Uno de los rasgos fundamentales de esta economía-mundo lo constituye la
persistencia de una línea divisoria “norte-sur” entre países ricos y pobres; las
desigualdades entre ambos tienden a incrementarse y, a través de la migración, se
trasladan en parte al propio seno de los países ricos5. Otro aspecto que conviene
subrayar es el rol de los organismos internacionales encargados de regular las relaciones
políticas, financieras, comerciales, ecológicas, etc. a nivel mundial. Resulta fundamental
intervención del Estado en la economía y la sociedad en general. Dentro de esta perspectiva, cabe
destacar en el Perú el planteamiento del instituto Libertad y Democracia liderado por Hernando de Soto.
4 Para América Latina, aparte de las relaciones con el mercado norteamericano, adquieren importancia
para el futuro los lazos económicos en la cuenca del pacífico.
5 El “tercer-mundo”, que había tomado cuerpo en torno a las luchas anti-coloniales y nacionalistas
después de la Segunda Guerra Mundial, hoy constituye un conglomerado heterogéneo, pero sigue
expresando la situación de postergación económica y de discriminación socio-cultural respecto a los
países desarrollados.
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que existan mecanismos democráticos de representación en estos organismos. El
movimiento sindical internacional tiene allí una importante responsabilidad.
e. La revolución técnico-económica basada en la microelectrónica (Nuevo paradigma
técnico-económico):
Dentro del contexto señalado, ocurre una nueva revolución tecnológica que está
transformando no sólo el campo de la producción sino también el conjunto de la vida
social. El elemento innovador central que desencadena tal revolución es la micro-
electrónica y sus aplicaciones en la informática, la tele- comunicación, los sistemas de
automatización y control y múltiples otros campos, tales como el uso de nuevos
materiales, la biotecnología, etc. La generación y control de conocimientos científicos y
técnicos se convierte en requisito fundamental. A partir de todo ello, se está
configurando un nuevo modelo técnico-económico que alcanza a casi todos los aspectos
del sistema productivo y plantea nuevas opciones posibles para las empresas y las
relaciones de trabajo (Pérez, 1986).
1.5. Posibilidades abiertas por la revolución tecnológica
Las consecuencias de la revolución técnico-científica pueden observarse en los
aspectos siguientes:
a. La automatización y programación eficiente y flexible de los procesos productivos:
Los procedimientos automatizados ya ocupaban un lugar importante en la etapa
anterior de industrialización. Pero las nuevas tecnologías permiten desarrollarlos más
extensamente y con menores costos. Se inventan artefactos programables capaces de
realizar una serie de tareas complejas, tales como los robots y otras máquinas reguladas
mediante sistemas computarizados (por ejemplo los tornos numéricos).
La incorporación de los procesos de programación y control electrónico en la
producción ofrece tres ventajas: en primer lugar, reduce la necesidad de trabajo humano
en la ejecución directa de la producción, lo cual permite por un lado reducir los costos
de mano de obra, y, por otro lado, erradicar muchas de las tareas manuales, repetitivas y
peligrosas propias de la etapa industrial anterior; en segundo lugar, hace posible
planificar y coordinar de manera muy precisa y eficiente los procesos productivos,
reducir las pérdidas de tiempo y los gastos de materiales, evitar los errores y mejorar la
calidad de los productos; en tercer lugar, flexibiliza los sistemas productivos; las
máquinas pueden ser reprogramadas; adecuarse rápidamente a los cambios; de este
modo es posible superar las rigidez de los antiguos complejos de máquinas de la
industria pesada.
b. La transformación del mundo de las oficinas y de la gestión administrativa:
La revolución tecnológica alcanza de manera aún más radical a los sistemas de
administración de las empresas y al trabajo de oficina. Las computadoras introducen
cambios fundamentales en el acopio de datos, la contabilidad, las gestiones financieras,
etc. Los medios de tele-comunicación permiten concentrar, procesar y transmitir
informaciones complejas en forma rápida y sin barreras de distancia. Ello permite
también una coordinación exacta entre las diferentes áreas funcionales de la empresa:
producción, comercialización, finanzas, personal. Es posible obtener una producción en
“flujo tendido” y “justo a tiempo”: es decir asegurar un ajuste riguroso entre los
diferentes eslabones del proceso productivo y entre la salida de los productos y su
entrega a los compradores, evitando los tiempos muertos y el estocamiento.
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c. La diversificación y especialización flexible:
Como hemos dicho, el nuevo patrón tecnológico rompe con la rigidez de la
producción industrial de masa. Las máquinas polivalentes y programables hacen posible
cambiar los diseños de los productos, ofrecer bienes y servicios más personalizados,
adaptar cuantitativa y cualitativamente la oferta a los cambios de la demanda y a las
fluctuaciones de los mercados. La interrelación entre los medios de computación y
comunicación permite además una descentralización geográfica tanto de la producción
como de la comercialización.
La flexibilización de los procesos productivos trae consecuencias sumamente
importantes para la organización empresarial. Las empresas que mantienen rígidas
estructuras de producción se vuelven muy vulnerables; en cambio, las que incorporan
sistemas flexibles pueden resultar más eficientes y competitivas. La adecuación de las
empresas al nuevo modelo de organización sigue dos grandes caminos: uno es el que
adoptan las empresas grandes que mantienen un control centralizado sobre un conjunto
de actividades, pero al mismo tiempo adoptan una estrategia de diversificación y
subcontratación de las mismas. Otro es el camino de la llamada especialización flexible,
seguido por las pequeñas y medianas empresas autónomas, organizadas en redes locales
y/o sectoriales, que se especializan en determinados procesos productivos de tecnología
moderna; ello abre el campo a la iniciativa empresarial basada en la inteligencia técnica
y comercial, más que en grandes concentraciones de capital (Piore y Sabel, 1990).
d. La transformación del mundo del trabajo:
La reconversión productiva transforma también el trabajo. El obrero fabril
parcelario y semi-especializado pierde el lugar central que tenía en la producción
industrial en masa. El nuevo tipo de trabajador decisivo hoy día pasa a ser el obrero
calificado, el técnico o el profesional: un trabajador capaz de programar, controlar y
asegurar el mantenimiento de las máquinas automatizadas, manejar los conocimientos,
las informaciones y las comunicaciones necesarias para el funcionamiento de los
procesos productivos complejos y flexibles. El trabajo moderno post-industrial
revaloriza la calidad del oficio, de manera parecida a la requerida por la producción
artesanal. Exige educación y preparación científica, así como iniciativa y capacidad de
coordinación social.
Se observa también un cambio en la composición sectorial de la fuerza, crece la
importancia relativa de la fuerza laboral empleada en el llamado sector terciario, es
decir actividades de servicio, transporte, comercio, banca, administración pública, etc.
Por cierto, el trabajo manual y rutinario, descalificado o semi-calificado no
desaparece; sigue vigente en sectores tradicionales de la producción y en muchos
servicios. La modernización de los sistemas de producción concentra los núcleos de
trabajadores más calificados en los lugares estratégicos de los procesos productivos y
administrativos.
El mundo laboral tiende a fragmentarse: por un lado están los trabajadores de
primera categoría, fuertemente implicados en los sistemas técnicos y administrativos,
con responsabilidades y buena remuneración; por otro, están los trabajadores de
segunda categoría, ocupados de manera precaria en tareas y servicios subalternos, y los
trabajadores excluidos, desocupados o sub-empleados crónicos. La discriminación entre
los sexos coloca generalmente a las mujeres en la segunda categoría. También se
encuentran en situación de desventaja los ciudadanos discriminados por ser migrantes y
por el color de su piel. Esta fragmentación no debe entenderse como algo irremediable:
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es posible contrarrestarla con políticas que apunten a repartir el empleo disminuyendo el
tiempo de trabajo, e incrementar la participación del conjunto de los trabajadores como
manera de lograr una mayor eficiencia productiva.
e. Conformación de un poder tecnocrático y diversificación de los ejes de conflicto:
Un último aspecto que quisiera subrayar aquí se refiere a los cambios en las
bases del poder y conflicto en la sociedad post-industrial. El poder de las clases
dominantes no se sustenta solamente en la explotación directa del trabajo, ni se funda
tan fuertemente en el capital financiero y la fuerza militar. Cada vez más se relaciona
con la capacidad de controlar la producción de conocimientos técnico-científicos y de
manejar los complejos sistemas de gestión (Touraine, 1969; Tofler, 1991). Es un poder
tecnocrático que abarca el conjunto de las actividades económicas, sociales y culturales:
la formación, la investigación científica y técnica, la producción, la distribución y el
consumo. Al lado de los centros de producción material, adquieren una importancia
decisiva las industrias culturales: educación, salud, información. El conflicto capital-
trabajo no desaparece pero coexiste con otros conflictos en los que está en juego la
defensa de la persona humana, la calidad de vida, el medio ambiente, los valores
culturales y la libertad frente a la imposición de los aparatos controlados por las clases
dominantes.
1.6. ¿Cuál es el futuro de las relaciones capital-trabajo?
En medio de las grandes mutaciones señaladas, cabe preguntarse cuál será el
destino de las relaciones entre capital y trabajo en el futuro. La revolución tecnológica
abre una serie de nuevas posibilidades; pero las formas que adoptan las relaciones
capital-trabajo no dependen solamente de la tecnología, sino de las opciones tomadas
por los agentes económicos, sociales y políticos, en un determinado contexto cultural y
de correlación de fuerzas. En forma esquemática, podemos distinguir hoy día dos
grandes modelos de organización de las relaciones laborales: el modelo de
fragmentación flexible y el modelo de implicación responsable.
a. El modelo de fragmentación flexible:
Fue adoptado principalmente en los Estados Unidos, Gran Bretaña, Améri ca
Latina y otras partes del mundo, especialmente en la época de los gobiernos de Reagan
y Thatcher. Corresponde a la estrategia neo-liberal. Apunta principalmente a reducir los
costos salariales y sociales de la fuerza de trabajo, debilitar el poder sindical y
segmentar el mercado laboral. Implica una ruptura con el pacto fordista y el
compromiso del Estado protector. El Estado renuncia a cumplir un papel tuitivo en las
relaciones colectivas de trabajo y abandona las políticas de pleno empleo; además,
reduce drásticamente los gastos sociales. Las empresas no garantizan la estabilidad
laboral; por el contrario, promueven la fiexibilización del em pleo y la sub-
contratación. Las políticas de remuneración se fijan en base a criterios de promoción
individual.
De acuerdo a este modelo, sólo los profesionales de élite pueden participar en el
trabajo creativo al interior de las empresas; la mayoría de los trabajadores, en cambio, se
ven sometidos a una organización del trabajo de tipo neo-taylorista: es decir, un empleo
precario asignado a tareas fragmentadas, sin participación creativa. El modelo implica
también el uso intensivo de mano de obra barata disponible en los países del sur, y la de
los migrantes que se desplazan del sur hacia el norte. Dentro de este contexto, el
sindicalismo se encuentra a la defensiva y tiende a desarticularse.
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