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RAMÓN CHÍES Y GÓMEZ
(EDUARDO DK RIOFRANCO)
Nació on Medina de Pomar (Burgos), el 13 de Otuhre de 1815.
Murió en Madrid el 15 de Octubre de ls'.»3.
3 7 6 79
NOTAS DE ESTUDIO
SOBF?E IÌR
Barita Biblia
ANTIGUO TESTAMENTO
por
D. C f l Í ES
(Sduardo de Ríofranco)
:
COSJVIOPOMS
ALCALÁ, Z^DPL.MHO^-^ ALTOTÌSIRIA
1904. Biblioteca Universitaria
53455
€1 Último Dómine
Yo padecí bajo su odiosa férula; mas como su
recuerdo aparece en mi memoria envuelto en los
arredoles de una adolescencia espléndida, que se
desarrolla al amor entrañable de la familia y en-
tre los halagos de amistades que se inician enér-
gicas y lozanas, el transcurso del tiempo le ha
arrancado las odiosidades legítimas que me le
hicieron antipático, y hoy puedo juzgarle con
tanta más imparcialidad, cuanto que para este
juicio he de hacer revivir en mi fantasía seres
queridísimos que, aun reducidos á polvo como
están, todavía informan la trama de mis senti-
mientos.
Necesito, para hacer surgir al Dómine en la
integridad de su fea y terrible catadura, trazar
una especie de autobiografía comprensiva de los
años felicísimos de la infancia, que nada intere-
sante paro los demás contienen, y, en que hasta
las pequeneces, las nimiedades, las monadas
constituyen para cada individualidad, en el re,
cuerdo, cosa así como un circuito de montañas,
dentro del cual se desenvuelve la existencia en-
tera: porque la conciencia de cada cual brotó al
€1 Último Dómine
Yo padecí bajo su odiosa férula; mas como su
recuerdo aparece en mi memoria envuelto en los
arredoles de una adolescencia espléndida, que se
desarrolla al amor entrañable de la familia y en-
tre los halagos de amistades que se inician enér-
gicas y lozanas, el transcurso del tiempo le ha
arrancado las odiosidades legítimas que me le
hicieron antipático, v hoy puedo juzgarle con
tanta más imparcialidad, cuanto que para este
juicio he de hacer revivir en mi fantasía seres
queridísimos que, aun reducidos á polvo como
están, todavía informan la trama de mis senti-
mientos.
Necesito, para hacer surgir al Dómine en la
integridad de su fea y terrible catadura, trazar
una especie de autobiografía comprensiva de los
años felicísimos de la infancia, que nada intere-
sante para los demás contienen, y, en que hasta
las pequeneces, las nimiedades, las monadas
constituyen para cada individualidad, en el re,
cuerdo, cosa así como un circuito de montañas,
dentro del cual se desenvuelve la existencia en-
tera: porque la conciencia de cada cual brotó al
petrificarse esas pequeñeces gigantescas, y el
hombre no es otra cosa que una conciencia. peligros que de suyo amenazan continuamente á
Vine al mundo en el seno de una familia mo- la infancia. Mi madre, que era la dulzura y la
desta y honrada, unida por los lazos del más discreción hechas carne de mujer, insinuó en
vivo y puro afecto, naciendo en una pequeña é muchas ocasiones, como avergonzada de las
histórica villa de la provincia de Burgos, que se comparaciones que sobre mi abandono y los
considera cabeza del vigoroso, sesudo y honrado aprovechamientos de sus hijos establecían las
pueblo castellano. , vecinas, la conveniencia de enviarme á la escue-
Pocas criaturas humanas habrán tenido la la; pero mi padre, que consideraba una cruel-
fortuna de hallar á su alrededor tanto cariño y dad apartar á los niños de sus juegos, y tal vez
atenciones como encontré yo desde el primer creía que la siembra prematura corre muchos
aliento de la vida, puesto que un conjunto de riesgos, opuso siempre su veto decisivo, diciendo
circunstancias me convirtió, desde luego, en ob- ^ con sorna: «Que sea hombre antes que sabio.»
jeto de predilección para mis abuelos, mis pa- Gracias á estas estrafalarias teorías, tan bri-
dres, mis tías y mis hermanas, entre quienes llantemente combatidas por los modernos peda-
fui muchos años el único varón. Fui un verda- gogos, que al quitar la teta á los niños de la boca
dero niño mimado, sin que, por fortuna, tanto Tes ponen en las manos la cartilla, ilustrada con
amor causara celos á nadie ni me pervirtiera a variedad de láminas multicolores, sabía yo á los
mi mismo. Debo á la naturaleza un corazón agra- nueve años copia de tonterías acerca de las plan-
decido, que todavía se cree obligado á pagar, tas, los pájaros, los peces, los cuadrúpedos, las
aun desaparecidos los acreedores, los intereses estrellas, las nubes, los vientos y las piedras,
de aquel capital de amor que disfruté tanto tiem- que juntamente con muchos cuentos, acertijos,
po. Debo también á mi padre el haber crecido en adivinanzas, chascarrillos y otras bobadas, me
plena y absoluta libertad. Ilubiérase considera- habían enseñado mi padre, mi abuelo, mi ma-
do aquel hombre, tan fuerte como sencillo y bue- dre, mis tías, los criados y los camaradas, sin
no, indigno de si mismo de habérseme impuesto contar algunas que había aprendido yo solo en
y castigado á la vieja usanza de la severidad pa- mis escurribandas al campo y al río, que eran
terna; delicadeza tanto más loable cuanto más mis delicias; tales como correr, nadar, escalar
rara entre catalanes, como él era. Abstúveme las tapias, subir á los árboles, montar á caballo,
yo siempre, por puros impulsos instintivos, de tirar la honda, hacer bolas de nieve, cazar con
abusar de aquella libertad dulcísima que se me red y con cepo y otras salvajadas por el estilo.
concedió por afecto, y firmemente creo que á En esto había pocos que me pusieran el pie de-
ella es debida esta pasión desbordada de mi lante, así como en recitar de memoria ¡cosa ex-
alma, que me ha llevado continuamente á com- traña! las máfc famosas proclamas que dirigió
batir por los débiles, por los afligidos y por los Napoleón á sus ejércitos, las cuales me enseña-
opresos. ba mi padre, poquito á poco, por las mañanas
mientras me vestían, y que aún hoy podría reci-
Llegué á los nueve años entre caricias, jue-
tar sin trocar una palabra, ¡tan fuertemente
gos y diversiones, alternados con achaques y
grabó el amor aquellas sublimes explosiones de
enfermedades que acrecentaban el mimo y la li-
la elocuencia militar en mi infantil espíritu!
bertad en la misma proporción que acrecían lo§
De lo que no sabia ni poco ni mucho era de lo
que realmente interesa, y dispone á los mucha-
ánima murió de ochenta años sin haber oído ha-
cos para sabios, como es leer y escribir, debien-
blar jamás de Froebel ni Pestalozzi, para des-
do avergonzarme delante de mis camaradas, que
cargarse de trabajo hacia ¡el comodón! que sus
ya leían de corrido y escribían en blanco, cúan- discípulos se enseñasen los unos á los otros.
do yo todavía no conocía la a. En vano mi
Verdad es que le espoleó en el camino de esta
buenisima madre, queriendo lucir mis habilida-
pedagógica invención la necesidad, madre adus-
des en ciertos casos extremos, me obligaba á re-
ta pero generosa de todo progreso: porque el
citar mis proclamas napoleónicas; las vecinas buenisimo señor había de atender solo á más de
mandaban á sus hijos decir el «Todo fiel cristia- ochenta discípulos, que nos disputábamos su
no», el «Credo», las «Obras de misericordia» y ciencia y sus confites en una especie de granero
otras dificultades del Catecismo, y resultaba yo descomunal, resquebajado por todas partes y
humillado y vencido. Porque tampoco en los re- amenazando ruina inminente, donde estaba si-
rónditos misterios y dulcísimas promesas de la tuada la escuela, en que nunca se conocieron las
jeligión me ilustró mi padre, picado ya de here- sabias divisiones de párvulos v adultos, viéndo-
da, transigiendo solamente con que mi madre se deplorablemente confundidos bajo el mismo
me enseñase el «Padre nuestro» y mi abuelo,' techo de cañizo, mal tomado d-' yeso, mozos en
que era un viejo profundamente religioso, me disposición de ir á servir al rey , con rapazuelos
llevase por las tardes á la iglesia, donde se reza- apenas salidos de andadores; así los herederos
ba el Rosario, ¿ que atendía yo bastante menos de bien acomodadas familias, como los hijos
que ájugar y suuir al campanario con el hijo de los más humildes destripaterrones de la
del sacristán. villa.
Pero como todo llega en este inundo, llegó un No obstante, aquella escuela babilónica, adon-
día de otoño en que, colgándome á la espalda de subíamos por una escalera que se tambaleaba
una carterita de badana que me había traido de bajo nuestros pies, despidiendo de sí, á los fuer-
la feria de Haro, mi padre me cogió de la mano, tes pisotones de los más espigados, un polvillo
me llevó á la escuela y me entregó á su grande de carcoma que cegaba á los que ciuédaban aba-
amigo el señor maestro, que se llamaba D. Ber- jo: aquel granero destartalado, de cuyo techo
nardo. No sin pena y sin recelo ocupó mi selvá- caían cascotes que más de una vez nos descala-
tica, ignorantísima y diminuta personalidad el braron, donde tiritábamos en invierno al rigor
asiento que D. Bernardo me señaló, el último de del cierzo que penetraba silbando' por las desven-
los últimos, que eran unos rapazuelos llenos de cijadas ventanas, aparece en mis recuerdos como
mocos, á quienes miró con el más soberano des-_ un templo y un paraíso juntamente. Era templo
precio, porque me sentía capaz de hacerlos co_ porque allí oficiaba de pontifical un sacerdote,
rrer delante de mi honda á todos juntos. Sin em D. Bernardo. Y era paraíso porque le inundaba
la al agria interna, radiosa é inmaculada con
bargo, aquellos rapazuelos, á quienes llevaba yo
que recogíamos de sus labios, siempre sonrien-
la cabeza, fueron los que caritativamente me
tes, las más sencillas v nobles ideas acerca del
iniciaron en los misterios del abecedario sobre
honor, del deber y de la cortesía, desparrama-
nn cartelón amarillento colgado á la pared, cu-
das en lecciones de doctrina cristiana que nos
yas letras tendrían, bien que mal, tres pulgadas
exponía con sencillez evangélica, ó en fábulas
de altura; pues D. Bernardo, que juraria en mi
Description:jillo de campana que había en la capilleja en cuyo atrio paseábamos, y apareció en la porte- ría una figura siniestra, envuelta en una capa.