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LA PALANCA
L
A P
©
copyright CARMEN PEREZ
Marta, se esforzaba para no perder los nervios. Sus dedos
largos, de uñas esculpidas y bien cuidadas, agarraban con fuerza un
lápiz que al golpear rítmicamente sobre la mesa parecía querer
evocar una extraña letanía perdida entre las paredes color ciruela de
la habitación.
Tras colgar el teléfono, una extraña sensación de apatía y tristeza,
impedía que se levantase del mullido sillón. Sus ojos vagaban
perdidos entre las múltiples fotografías que decoraban las paredes
formando un grotesco “collage” de imágenes desvaídas, que se
mezclaban en algún lugar perdido de su cabeza.
Temblorosa y ensimismada se frotó la mejilla, intentando poner cara
a las palabras que le habían trasmitido a través del móvil
No podía creerlo, no había lugar en su vida para esa situación.
Preguntas sin respuesta se agolpaban en su garganta: ¿Qué había
fallado? Puede que la familia, quizás los amigos…
Nada encajaba en esa trama que como una mala película pasaba
en ese momento por delante de sus ojos.
Habría dado cualquier cosa, por no tener que acudir a esa cita, por
coger su bolso de cuero y bajar al metro como cada tarde para
volver tranquilamente a casa, pero ni tan siquiera tenía fuerzas para
llorar.
Carlos llegaba tarde a la reunión. Llamadas y más llamadas,
habían hecho que la mañana caminase hacia el mediodía sin tener
tiempo para darse cuenta.
Atravesó el silencioso pasillo, entre las hileras de puertas cerradas,
caminando de prisa mientras se ajustaba la corbata delante de la
puerta del ascensor. En su mente repasaba impertérrito la
exposición de motivos que llevaría a cabo para defender la
propuesta que permitiría modificar las cláusulas del convenio que en
ese momento iban a negociar.
Exhaló un suspiro mientras apretaba impaciente el botón rojo de
llamada. La puerta se abrió, se sintió abducido por los cristales de
diseño que lo elevaron en escasos segundos a la planta
decimoquinta donde estaba la sala más grande del edificio.
Aunque sus poderes como abogado, experto en relaciones laborales,
eran limitados, tenía fama de ser conciliador y recoger las
exigencias de unos y otros con el fin de evitar la conflictividad.
Al abrir la puerta escuchó el sonido del móvil. Metió la mano en el
bolsillo de la chaqueta . Miró a través de sus gafas de titanio el
mensaje
Una llamada perdida
Será una chorrada de Marta, pensó. Apagó el teléfono y se sentó.
El taxista aparcó en doble fila delante del edificio de cristal donde
estaban las oficinas de la compañía.
Marta lo observó y al ver el vehículo traspasó la puerta principal
ajustándo con sus manos flácidas el estrecho cinturón sobre el
abrigo.
Nubes negras soltaban pequeñas gotas de lluvia que empezaban a
mojar el asfalto y los arboles desnudos movían las ramas recien
podadas.
Al entrar percibió el olor a tabaco que como ex fumadora tanto le
molestaba. Le dedico al taxista una sonrisa evasiva mientras le
señalaba con voz apagada la dirección, él asintió con la cabeza
mirando a través del retrovisor, le comentó algo sobre la situación
caótica del trafico debido a un accidente que había colapsado una
de las calles principales . Ella no contestó, estaba todavía perpleja y
desolada cuando intentó por última vez llamar a Carlos para
trasladarle la noticia, pero el móvil estaba fuera de cobertura. Tenía
los nervios de punta y las manos le habían empezado a sudar. Una
nube opaca se había instalado en su cerebro impidiendo enteder la
situación que había originado aquella extraña llamada.
Enfadada tensó los dedos sobre el teléfono y con un desabrido
gesto lo guardó dentro del bolso.
El taxista intentó ser amable pero Marta parecía autista, intentaba
analizar sin mucho éxito como podría afrontar el mal trago por el
que ella y su marido iban a pasar.
Un cartel anunciando las calidas aguas del caribe llamó su atención.
Una chica con un cuerpo diez caminaba por una playa de arena
blanca y con una sonrisa de anuncio pintada en la cara
promocionaba unas vacaciones en el paraíso.
Por la cabeza de Marta pasaron miles de imagenes que como
publicista había diseñado intentado trasladar que el consumo
equivalía a felicidad;, todo se podía comprar, sin dudas ni
complejos, y sin embargo ahora triste y pensativa reivindicaba su
derecho a no ser amable, a estar de mal humor, aunque la persona
con la que pagaba su frustración fuese un hombre al que no había
visto en su vida.
Tras una curva el enorme edificio de ladrillos apareció como un gran
trasatlántico varado en el muelle del puerto.
Decenas de personas entraban y salían siguiendo los carteles que
en la pared principal del agobiante y atiborrado hall anunciaban las
plantas por especialidad.
El excesivo calor y un olor extraño, ácido y fuerte se metió en su
nariz, mientras se aflojaba con los dedos el pañuelo del cuello.
Al mirar los letreros identificó el servicio. Exhalando un suspiró y
llena de dudas avanzó hacía el lugar señalado.
Javier al estar completamente calvo, aparentaba más edad de la
que realmente tenía. Alto y corpulento de tez pálida y ojos negros
imponía distancia, aunque tras la primera impresión su carácter
afable predominaba sobre el impacto visual. Llevaba años al frente
del servicio de Psiquiatría, pero la reacción de los padres cuando les
comunicaba la noticia era siempre la misma.
La mayoría lo negaban, tildando de absurdo lo que les estaba
contando. Después casi sin escuchar, nerviosos y excitados
reivindicaban su derecho a pedir información en otro centro con
gente más capacitada, poniendo en duda su profesionalidad.
Cuando les explicaba con voz pausada que estarían firmando un alta
voluntaria la mayoría reaccionaban y dejaban que terminase su
explicación.
Aturdidos y confusos asimilaban la situación intentando
comprender la causa para que una persona joven, educada y en la
mayoría de los casos buen chico se comportase de forma anormal,
escondiendo sus excesos, caprichos y desordenes tras la apariencia
de una persona normal.
Marta no tuvo necesidad de esperar mucho. Al pasar por el control
de enfermería una mujer de mediana edad con el pelo tirante atado
en una coleta la estaba esperando.Le dirigió una mirada penetrante
y sin perdida de tiempo comentó
-Acompáñeme por favor.
Marta , con un gesto de amargura la siguió por el solitario pasillo,
intentando encontrar una razón convincente para acalarar el
malentendido que presumía se había producido. Cuando la
enfermera se paró frente a una puerta se sobresaltó con cierta
inquietud.
-El doctor la está esperando
Los ojos fríos y profundos del médico la escrutaron mientras
señalaba una silla de respaldo alto.
-Por favor siéntese.
Marta se desabrochó el abrigo. Sentía en su cuerpo delgado y
fibroso fruto de las innumerables sesiones de gimnasio, la mirada
acusadora, impersonal y dura del facultativo
-¿Viene usted sola?
Marta, contestó nerviosa moviendo las manos intentando ser
convincente.
-Sé que mi marido debería estar aquí. Cuando me llamaron del
hospital, le dejé varios mensajes personales en el móvil…pero hoy
tenía una reunión importante y lo siento no ha podido venir
-Ya
Las palabras salían a borbotones de la boca de Marta.
Tras los primeros titubeos se sentía invencible como cuando hacía la
presentación de alguna de las campañas que diseñaba.
-Verá, no sé lo que ha pasado doctor, pero estoy convencida de que
esto es un error, una pequeña indisposición. Mi hijo ayer salió con
los colegas después del partido de futbol y a lo mejor se tomó
alguna copa que le sentó mal y ya sabe estas conductas son difíciles
de asimilar, pero no hay que alarmarse. Creo que han sacado todo
de quicio.
El doctor la miraba con curiosidad, mientras Marta argumentaba
disculpas y echaba balones fuera.
-Perdón, Sra. Campos Yo le explico la razón por la que su hijo está
aquí y después usted decide lo más conveniente. Me ha parecido
entender que usted argumentaba “estas conductas son difíciles de
asimilar” ¿Sabe de lo que estamos hablando?. Tengo la sensación
de que usted no lo ha asimilado bien
Marta lo escuchaba imperturbable, deseando terminar cuanto antes
la reunión. Sus grandes ojos se fijaron en la cara angulosa del
doctor.