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LA ARITMÉTICA DEL PATRIARCADO
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Consejo editorial
María Eugenia Aubet - Manuel Cruz Rodríguez - Josep M. Delgado
Ribas - Oscar Guasch Andreu - Antonio Izquierdo Escribano - Raquel
Osborne - R. Lucas Platero - Oriol Romaní Alfonso - Amelia Sáiz
López - Verena Stolcke - Olga Viñuales Sarasa
Serie General Universitaria - 169
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YADIRA CALVO
LA ARITMÉTICA DEL
PATRIARCADO
edicions bellaterra
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Diseño de la colección: Joaquín Monclús
© Yadira Calvo, 2016
© Edicions Bellaterra, S.L., 2016
Navas de Tolosa, 289 bis. 08026 Barcelona
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Impreso en España
Printed in Spain
ISBN: 978-84-7290-744-7
Depósito Legal: B. 5-2016
Impreso por Romanyà Valls. Capellades (Barcelona)
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Índice
Palabras preliminares, 9
1. La guerra de los cerebros, 15
Infirme, imbécil, frágil, 15 • ¡Ay, los benefactores!, 18 • El lenguaje
cifrado de Dios, 19 • Cuando los huesos hablan, 20 • Más vueltas de
tuerca, 26
2. Genialidades monerías, 29
El macho de Darwin, 29 • La hembra de Spencer, 33 • Los genios de
Galton, 35 • Eminentísimas eminencias, 36 • Monerías e inesenciali-
dades, 39 • Protozoos prehistóricos y hermafroditas psíquicos, 41 •
Almas concéntricas y costureras literarias, 44
3. En la rama más alta, 51
La evolución incompleta, 51 • Flores y desflores, 53 • La infantili-
dad perpetua, 55 • Recapituladores, 59 • En dirección a los mo-
nos, 63
4. El clavo en el zapato, 67
Excepciones y abominaciones, 67 • El bonete negro del catedráti-
co, 73 • El suicidio de la raza, 76 • Mayestáticas mariposas, 80
5. La mujer y el buey, 89
El oficio de agradar, 89 • Igualdad y libertad… con excepciones, 95
• Extraña voluntad, curiosa dignidad, 97 • El signo glorioso de los va-
lores modernos, 99 • ¡Cuidado, llegó Sofía!, 100 • Inteligencias be-
llas y cuerpos dóciles, 105
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8 La aritmética del patriarcado
6. Ángeles en la cocina, 109
La complaciente docilidad, 109 • Veneraciones y glorificaciones, 112
• Sigue siendo el rey, 114 • Como tres es a dos, 116 • El botín de la
vida, 119 • Eros y Logos, 123
7. Un destino peculiar, 129
El gobierno de la matriz, 129 • La vaca que rumia, 134 • La inexcu-
sable obligación, 136 • La fisiología desordenada, 140 • Los place-
res del dolor, 142 • Normales, femeninas y esenciales, 144
8. Ollas quebradas, 147
Como perfecto es a defecto, 147 • Una máquina periódicamente daña-
da, 150 • La tragedia final, 153 • Perlas, hierbas y rosas, 156
9. El útero y sus furores, 163
Desmelenadas de camisón blanco, 163 • Sangre y semilla, 167 • Los
tremebundos ovarios, 168 • Violetas y sanguijuelas, 171 • Mujeres
enjauladas, 176 • La ignorante estulticia, 179
10. El silbido de la serpiente, 187
M ujer, demonio, muerte y carne, 187 • Penes que comen avena y tri-
go, 189 • La comezón con pausas y el cosquilleo continuo, 194 •
Mientras tengas hijas en la cuna…, 197 • La triste vida de las mujeres
alegres, 199 • El pecado «indiferente o vagoroso», 201
11. Mujeres tenebrosas, 205
Ni muertas ni vivas, 205 • Huesos y cenizas, 210 • Melenas exhuma-
das, 211 • Vera, la muerta sensual, 215 • Aire de familia, 217
12. La derrota de Dios, 221
Olimpia, la mujer autómata, 221 • Hadaly, gloria del hombre, 226 •
Mujeres de mentiras para hombres de verdad, 229 • Los juegos sádi-
cos de Bellmer, 231 • Mujeres perfectas, 235
A modo de cierre: por qué y para qué, 241
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Palabras preliminares
Los patriarcas de todos los tiempos han venido levantando edificios
lógicos agrietados sobre bases imaginarias que ellos quieren hacernos
pasar por reales para que se ajusten a su particular aritmética, hecha
de sumas y restas. Más y menos son vocablos de una recurrencia cons-
tante en ellos: siempre más de todo lo positivo y menos de todo lo
negativo para los hombres, y a la inversa para las mujeres.
Aunque no siempre lo planteaban en términos numéricos, sus
razonamientos indican que unos y otros creían en las mismas razones
y proporciones, y el más y el menos, el superior y el inferior han veni-
do funcionando a modo de establecer la relación de valor entre los
sexos. Los practicantes de esta aritmética eran prohombres de la filo-
sofía, el derecho, las ciencias, la teología. Algunos defendían una so-
ciedad sin amos; otros creían en un Dios Padre omnipresente, omnipo-
tente y omnisciente; hubo también quienes declaraban su defensa
insobornable de la igualdad entre los seres humanos, pero ninguno de
ellos dudó en contrariar sus propios principios generales para estable-
cer que la mitad de la especie conformaba una excepción. Esa excep-
ción padecía de unas deficiencias congénitas, indicadas en su haber
por una enorme cantidad de sustraendos: menos inteligentes, menos
fuertes, menos valientes, menos morales, menos justas, menos valio-
sas, etc.; tenía también una enorme cantidad de sumandos, muy valo-
rados algunos desde el punto de vista masculino: más dóciles, más
amorosas, más sumisas, más sacrificadas, más inocentes, más fanta-
siosas, más ingenuas; otros francamente detestables: más serviles,
más cobardes, más inútiles, más tontas, más malas, etcétera.
Ahora bien, los pensadores que así construían a las mujeres, no
podían, sin parecer francamente malintencionados, desdeñar a la in-
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10 La aritmética del patriarcado
gente cantidad de las que no se ajustaban a los más y menos de su
aritmética. Pero todo tiene arreglo, y cuando no funcionan las mate-
máticas puede funcionar la gramática. Resulta que existía «la mujer»
sin adjetivo, un vasto genérico que eliminaba cualquier posibilidad de
singularización. Pero por si acaso no bastaba, también había un perso-
naje que recibió indistintamente los nombres de mujer genuina, mujer
tipo, tipo medio, sexo tipo, mujer absoluta, mujer verdadera, mujer
normal, mujer natural, hembra normal, mujer corriente, mujer real,
mujer genérica, mujer ejemplar, mujer no liberada de su sexualidad,
mujer verdaderamente mujer. Todas ellas representaban la feminidad
«verdadera». Y esa feminidad no quería ni buscaba universidades, tí-
tulos, derechos, autonomía, dinero ni reconocimientos. Tenía por ho-
nor poner la mesa, barrer la casa, servir a un hombre, parir y cuidar
muchos bebés concebidos de forma legítima y no concupiscente: pla-
cer era igual a fornicación. De todos modos, tenía un cerebro apenas
para el gasto, un desarrollo imperfecto, una evolución menor. Cual-
quier mujer que no hiciera o deseara lo que debía querer o hacer tenía
la marca a fuego de la monstruosidad.
Pero a partir del siglo XIX había ya una pila de descontentas que
estaban renunciando a tales honores, por lo que pasaban al grupo de
las monstruosas y anormales que amenazaban el cetro masculino y la
estabilidad del mundo. Era urgente detenerlas. Para ello se recurrió a
dos tipos diferentes de discurso: el del susto y el del caramelo. El
primero intentaba disuadirlas con el miedo: si estudiaban, si hacían
carrera, si votaban, si se quitaban el delantal, serían culpables de
grandes males: o en la competencia con ese «rival más fuerte» queda-
rían vencidas, humilladas, aplastadas sin piedad como una raza infe-
rior ante una superior; o procrearían una prole tarada que las llevaría
a su propia desgracia; y peor aún, incluso podría ser que se cargaran a
la especie entera. A ratos el tono admonitorio se volvía más agrio y
corrosivo y las acusaban de querer romper la armonía social, robar
parcelas a los hombres, invadirles el campo; o calificaban sus deman-
das de esperanzas pueriles, barrabasadas absurdas, injustificables y
temerarias; aspiraciones desdichadas, erróneas e insensatas. Todo
esto solía ampararse en argumentos «científicos» y, por lo tanto, debe
haber sido como una piedra sobre la conciencia de las mujeres que
estaban buscando dejar de ser solo esposas complacientes y madres
sacrificiales.
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