Table Of ContentPaulo Orosio
HISTORIAS
CONTRA LOS PAGANOS
CLÁSICOS DE HISTORIA 52
Edición original: Historiae adversus paganos, 416-417 d.C.
Edición digital (epub): Clásicos de Historia, 2014
Conversión (pdf): FS, 2018
PAULO OROSIO
HISTORIAS CONTRA LOS PAGANOS
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LIBRO I. DESDE ADÁN HASTA LA FUNDACIÓN
DE ROMA
Descripción geográfica del mundo: sus partes, ciudades,
provincias y pueblos más importantes, y las islas entonces conocidas.
El diluvio universal; Nino y sus conquistas, y Semiramis, su
sucesora en el trono babilonio. La destrucción de Sodoma, Gomorra
y otras ciudades; comparación entre el desastre de Sodoma y el
saqueo de Roma en el 410. La guerra de telquises y cariatios contra
Foroneo, rey de los argivos; el segundo diluvio en época de Ogigio.
Los siete años de abundancia, seguidos de siete años de escasez, en
Egipto, durante los cuales José juega un papel de protagonista. Tras
la reseña de tres desgracias que se acumularon durante el reinado del
tercer rey ateniense, Anfictión —diluvio en Tesalia, peste en Etiopía,
invasión de la India por Baco—, continúa la historia del pueblo de
Israel en Egipto hasta su salida bajo el mando de Moisés; en esta
misma época el calor abrasó gran parte del orbe. De nuevo
acumulación de varios desastres en el año 775 antes de la fundación
de Roma: el asesinato de 49 hijos de Egipto por parte de sus esposas,
hijas de Dánao; las acciones de Dánao en Argos; los criminales
sacrificios del rey egipcio Busiris; adulterio de Tereo y venganza de
su esposa; invasión de Asia por Perseo; las calamidades son en fin
tantas, que es imposible describirlas. Dos nuevas desgracias en el año
560 antes de la fundación de Roma: derrota ateniense ante los
cretenses con la consiguiente ofrenda al Minotauro, y guerra entre
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lápitas y tesalios o centauros. Origen y acciones de las Amazonas, y
comparación entre la situación del mundo a causa de los crímenes de
estas mujeres y la de Roma con el saqueo de Alarico. Guerra de
Troya, llegada de Eneas a Italia y conmociones en Grecia y Asia en
esa misma época (17-18). Fin del Imperio asirio de Sardanápalo.
Situación en Sicilia bajo la tiranía de Falaris y en Italia en época del
rey latino Arémulo; comparación de la situación de Italia y Sicilia
en aquella época con la de los tiempos cristianos. Guerra de los
lacedemonios con los atenienses y mesenios
PRÓLOGO
He obedecido tus mandatos, venerable padre Agustín, y
ojalá que lo haya hecho con tanto acierto como buena voluntad.
Aunque del resultado, poco me preocupa si lo he hecho bien o
no. Efectivamente, a ti te preocupaba si yo podría hacer lo que
me mandabas; pero a mi, por mi parte, me bastaba con dar
testimonio de obediencia, aunque adornando a esta con mi
buena voluntad y mi esfuerzo. Y es que incluso en las grandes
mansiones de los grandes señores, aunque haya muchos
animales de distinta especie, aptos todos para el mantenimiento
de la hacienda, una de las principales preocupaciones es, sin
embargo, siempre por los perros; sólo en estos hay una especie
de disposición natural para hacer con facilidad aquello para lo
que son adiestrados y para, por medio de una cierta norma
congénita de obediencia, quedarse quietos, disciplinados con la
sola amenaza del castigo, hasta que con un movimiento de la
cabeza o cualquier otra señal se les da a entender que tienen
libertad para actuar. Tienen, en efecto, los perros facultades
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especiales, tan alejadas de los brutos como cercanas a los
hombres; es decir, saben discernir, amar y servir. Y es que, dado
que distinguen claramente a su dueño de las personas extrañas,
atacan a éstas, no porque las odien, sino porque se preocupan
de aquellos a quienes aman, y, porque aman, cuidan de su
dueño y de su casa no por impulsos naturales de un cuerpo
apto para ello, sino que se consagran a esta vigilancia por un
sentimiento de solícito amor. Por ello, incluso, según la
revelación mística en los evangelios, la mujer de Cananea no se
sonrojó al decir, ni el Señor rechazó el escuchar que los
pequeños cachorros comen las migas bajo la mesa de sus
señores. Tampoco el bienaventurado Tobías, al seguir al ángel
que le conducía, despreció la compañía de un perro. Así yo,
atado al amor que tu tienes a todos por mi especial cariño hacia
ti, he obedecido de buen grado tus deseos. Porque, como mi
obediencia debe lo que hace a los deseos de tu paternidad y
como toda obra mía, que de ti vuelve a ti, es tuya, yo, de mi sola
parte, en abundancia, sólo he puesto esto: que lo he hecho con
agrado.
Me ordenaste que escribiera contra la vana maldad de
aquellos que, ajenos a la ciudad de Dios, son llamados
«paganos» por los pueblos y villas de campo en que viven, o
«gentiles», porque gustan de las cosas terrenas, los cuales, si
bien no se preocupan del futuro y, por otra parte, olvidan o
desconocen el pasado, atacan, sin embargo, a los tiempos
actuales como si estos estuviesen infestados de males mas de lo
debido, sólo porque ahora se cree en Cristo y se adora a Dios,
mientras que sus ídolos son menos adorados; me ordenaste,
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pues, que, de todos los registros de historias y anales que
puedan tenerse en el momento presente, expusiera, en
capítulos sistemáticos y breves de un libro, todo lo que
encontrase: ya desastres por guerras, ya estragos por
enfermedades, ya desolaciones por hambre, ya situaciones
terribles por terremotos, insólitas por inundaciones, temibles
por erupciones de fuego volcánico o crueles por golpes de
rayos o caída de granizo, o incluso las miserias ocurridas en
siglos anteriores a causa de parricidios y otras ignominias. Y
pensando, sobre todo, que no merecía la pena entretener con
una obra liviana a tu reverencia ocupada en la redacción del
undécimo libro contra estos mismos paganos —ya los primeros
rayos de los otros diez, en cuanto han salido de la atalaya de tu
clarividencia en cuestiones de Iglesia, han brillado por todo el
mundo— y dado que tu hijo espiritual, Julián de Cartago, siervo
de Dios, exigía que se satisficieran sus deseos en este asunto
con las garantías que él pedía, puse manos a la obra y me sumí
yo mismo en la más profunda confusión; y ello, porque antes,
cuando consideraba este asunto, me parecía que las desgracias
de los tiempos actuales hervían por encima de toda medida y
porque ahora he comprobado que los tiempos pasados no sólo
fueron tan opresores como estos actuales, sino que aquellos
fueron tanto más atrozmente desgraciados cuanto más alejados
estaban de la medicina de la auténtica religión; de foma que
con razón, tras mi análisis, ha quedado claro que reina la
sangrienta muerte, cuando la religión, enemiga de la sangre, es
olvidada; que, mientras la religión brilla, la muerte se
obscurece; que la muerte termina, cuando la religión prevalece;
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que la muerte no ha de existir en absoluto cuando impere sólo
la religión. Hay que exceptuar, por supuesto, y dejar a un lado
los últimos días del fin del mundo y de la aparición del
Anticristo o incluso del juicio final, para los cuales nuestro
Señor Jesucristo, por medio de las Sagradas Escrituras e incluso
con su propio testimonio, predijo la existencia de desgracias
cuales nunca antes existieron, cuando, de acuerdo con aquello
que ahora y siempre es criterio de discriminación, pero que
actuará entonces con una separación más clara y rigurosa, los
santos tendrán la aceptación en virtud de sus tribulaciones de
otros tiempos, y los malvados, la perdición.
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Tanto entre los griegos como entre los latino, casi todos los
escritores que propagaron con sus palabras, en aras de un largo
recuerdo, las acciones de reyes y pueblos, comenzaron sus
obras con Nino, hijo de Belo, rey de los asirios —los mismos
autores que, aunque querían hacer creer, sin demostración, que
el origen del mundo y la creación del hombre no tuvieron
principio, aceptan, sin embargo, que los reinos y las guerras
empezaron con ese rey, como si el género humano hubiese
vivido hasta ese momento a modo de animales y sólo entonces
por primera vez abría los ojos como golpeado y despertado a
nueva luz—. Por ello, yo he decidido contar el comienzo de las
desgracias humanas partiendo del primer pecado humano,
escogiendo sólo unos pocos y breves ejemplos
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Desde Adan, el primero de los hombres, hasta el rey Nino
el Grande como le llaman, época en que nació Abraham,
pasaron 3184 años; años que han sido omitidos o ignorados
por todos los historiadores.
Desde Nino por otra parte, o desde Abraham, hasta César
Augusto, es decir, hasta el nacimiento de Cristo, que tuvo lugar
en el año cuadragesimosegundo del reinado de Augusto,
cuando, tras firmarse la paz con los partos, se cerraron las
puertas de Jano y acabaron las guerras en todo el mundo, se
contabilizan 2015 años, en los cuales los autores de los hechos
y los escritores de los mismos han tratado las posibles
actividades del ocio y del no ocio en todo el mundo. Por ello el
propio tema obliga a escoger muy brevemente unas pocas ideas
de aquellos libros que, dejando a un lado el origen del mundo,
han creído en los hechos pasados por la carga profética de estos
y porque son prueba de subsiguientes hechos. Y ello lo hacemos
no porque pensemos imponer la autoridad de hechos pasados a
nadie, sino porque merece la pena advertir acerca de una
opinión extendida que yo comparto con todos los demás. En
primer lugar, porque, si es cierto que el mundo y el hombre son
regidos por la providencia divina, la cual es tan generosa como
justa, es sobre todo el hombre, que por la mutabilidad de su
naturaleza y por la libertad de su independencia es débil y
obcecado, el que debe, como falto de fuerzas que está, ser
gobernado con la generosidad y, de la misma forma, como
desmesurado que es en el uso de su libertad, el que tiene que
ser corregido con la justicia. Con razón podrá comprobar
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cualquiera que contemple al género humano por sí y en sí
mismo que este mundo, desde el comienzo de la humanidad, se
rige por períodos buenos y malos alternantes.
En segundo lugar, porque, dado que sabemos que desde el
primer hombre hubo ya pecado y castigo a ese pecado, y dado
también que esos que empiezan sus historias en épocas medias
no describen sino guerras y desgracias, aunque no recuerden
los hechos anteriores (y esas guerras, ¿qué otra cosa pueden
llamarse sino males que van de un lado a otro?, y en cuanto a
las desgracias del tipo que entonces había, lo mismo que las que
ahora hay en la medida en que las hay, no son sin duda sino
pecados manifiestos u ocultos castigos a esos pecados); dado,
pues, todo eso, ¿qué impedimento hay en que yo coja por la
cabeza lo que aquellos sólo tocaron en el cuerpo y dé fe, aunque
sea en un pequeño relato, de que aquellos primeros siglos, que
ya he dicho que fueron mucho más numerosos, conocieron
desgracias semejantes?
Y como tengo intención de hablar desde la creación del
mundo hasta la creación de Roma, y, después, hasta el
principado de Augusto y el nacimiento de Cristo, a partir del
cual el gobierno del mundo ha estado bajo el poder de Roma, y,
por fin, incluso hasta nuestros días (en la medida en que pueda
traer los hechos a la memoria), pienso que es necesario, con el
fin de mostrar, como desde una atalaya, los conflictos del
género humano y el fuego de este mundo que, por así decirlo,
se inició en la chispa de los placeres y arde de males por todas
partes, es necesario, pienso, que describa en primer lugar el
propio globo de las tierras habitado por el género humano, tal
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