Table Of ContentFilosofía, mitología y pseudociencia
Prólogo a la edición española
Ciencia y filosofía: Freud en medio
Freud es el objeto y tema de este libro, lo que Wittgenstein
dijo de él. Y en realidad el autor suyo bien podría ser Witt-
genstein, pues se trata de un libro magistralmente descriptivo,
magistralmente claro, al que la sensible modestia analítica de
Bouveresse prohibe cualquier prurito personal interpretativo,
más allá de esa descripción clara; tampoco se lo propone. Eso
sí, si Wittgenstein fuera de verdad el autor del libro hablaría
en un contexto de discusión que él mismo no pudo conocer,
y por el que, sin embargo, se pasea con toda maestría Jacques
Bouveresse, ilustre miembro del Collège de France, punto de
referencia en Francia de los estudios wittgensteinianos.
Todo lo que Wittgenstein dijo de Freud se reduce a pocas
cosas esenciales, resumidas perfectamente en el rítulo del
libro: el pretendido análisis científico del alma freudiana es
(mala) filosofía, mitología (poderosa) y (pseudo) ciencia. Cosas
que, repito -y éste es el gran logro del libro-, Jacques Bou-
veresse describe aquí exhaustivamente, introduciéndolas ade-
más en un espléndido contexto clásico de análisis, que tiene
poco que ver, por suerte, con el de la mala jerga que Witt-
genstein temía, con razón, que fuera toda su herencia filosó-
fica: Assoun, Cioffi, Davidson, Dennett, Grünbaum, Hacking,
Janik, Kenny, Sulloway, Timpanaro y un largo etcétera, con el
propio Freud como interlocutor activo.
1. Luces y sombras de Freud
Antes de poner de relieve alguna de las ideas de este libro,
lleno de sutiles insinuaciones analíticas, quiero insinuar
aquí, a mi vez, sin mayor sutileza, con mayor contunden-
cia, otro contexto diferente que ayude a comprender mejor,
en general, el talante existencial de las críticas wittgenstei-
nianas al psicoanálisis. Contexto que Wittgenstein pudo
barruntar en la Viena común de hace un siglo, que la pos-
teridad ha ido conociendo poco a poco tras la hagiografía;
y para el que no es preciso acudir a radicales críticos de
Freud como Crews o Masson (a éste le cita alguna vez Bou-
veresse), sino sólo a gentes como los primeros biógrafos
suyos, más cercanos a los hechos: Wittels (que perteneció
al Círculo de los Miércoles de la Berggasse) y Puner (que
recibió confidencias de Oliver, hijo de Freud, para enfado
de su hermana Anna), o como alguno de los últimos, con
mayor distanciamiento que los hagiógrafos: Clark^ (a quien
cita un par de veces Bouveresse) y, sobre todo, Breger (a
quien no cita ni puede citar Bouveresse porque el libro de
Breger sobre Freud es, al menos, nueve años posterior a
éste). Gentes que pintan otro Freud que el paladín de la
razón, la ciencia y la modernidad crítica que pintan otros.
Todos con razón. Depende de en qué se fyen.
Con razón, por ejemplo (sobre todo en este caso en que se
aborda a Freud desde el punto de vista de la crítica cultural de
sus obras tardías, desde sus especulaciones claramente filosó-
ficas sobre la cultura como represión y sublimación de los ins-
tintos agresivos de muerte y de los instintos sexuales de vida),
el profesor Francisco de Asís Blas Aritio defiende el pensamiento
de Freud como un triunfo más de la razón ilustrada frente a
mitos, religiones y otras peligrosas formas de conocimiento;
como progreso hacia la "mayoría de edad" del ser humano,
que habrá de ser capaz en un fijturo de abandonar consuelos
infantiles para instalarse en el conocimiento derivado de la cien-
cia y de la razón. Estas cosas suenan un tanto demasiado opti-
mistas, pero pueden verse así. Los que siguen confiando en la
razón y en las luces modernas del siglo xviii suelen hacerlo.
Como el profesor Pedro Chacón, también, que cree que el pen-
samiento de Freud, en general, constituye una ciencia perfec-
tamente empírica, cuya hipótesis central, la existencia del
"inconsciente", además de tener un enorme poder terapéuti-
co es capaz de explicar casi todos los fenómenos de nuestra
vida consciente. Según el profesor Chacón -y esto no lo dudo,
en todo caso mucho menos que lo anterior-, desde Freud es
posible iluminar las tinieblas de lo inconsciente a través de un
desciframiento intersubjetivo de su sentido: "La denuncia del
carácter aparente de lo manifiesto, el reconocimiento de que
'no somos dueños de nuestra propia casa', sólo reciben su
' Donald W Clark, Freud: The Man and the Cause, Random House,
NuevaYork, 1980.
auténtica significación inscritos en el propósito de posibilitar-
nos el desvelamiento de la verdad de nuestro deseo y en la
ambición de ir ampliando el ámbito iluminado de aquello que
nos consümye en lo que somos". Chacón hace una velada crí-
tica (casi un mazazo ad ridiailum) a críticas de Freud al estilo
de la de Wittgenstein, creo, cuando habla de que "ya han pasa-
do los tiempos en que una madrastra filosofía podía conside-
rarse legitimada para dictar juicios sobre la validez de la empre-
sa científica o para establecer el catálogo de entidades existentes
en el mundo"^. Lo que sucede en el caso de Wittgenstein, creo,
pero sólo lo creo, es que su pensamiento no tiene nada que
ver con tal vieja madrastra y tales pretensiones.
Generalizaciones seductoras
Freud, que sepamos, nunca tuvo a la naturaleza humana mis-
ma recostada en su diván. Sin embargo, lo que dice haber
aprendido frente a él, en su gabinete del número 19 de la
Berggasse de Viena, lo traslada al género humano en general,
haciendo de su experiencia relativamente provinciana una
experiencia universal. Cuando en 1900 escribe su primer (y
mejor) libro. La interpretación de los sueños, que, junto con la
Psicopatologia de la vida cotidiana, el siguiente, e incluso con
el de El chiste y su relación con el inconsciente, el subsiguiente,
parece que eran los que más interesaban a Wittgenstein^,
Viena era la capital de un inmenso Imperio (agonizante), una
ciudad de genios de todo tipo, bulliciosa y cosmopolita, sí.
^ Cfr. F. de A. Blas Aritio, "La cultura en Freud" y P Chacón Fuertes,
"El escándalo del inconsciente", en: T. Rocha Barco, ed., Miscelánea vie-
nesa, UEX, Cáceres, 1998, pp. 147 y ss. y 163 y ss. respectivamente; cfr.
"Introducción" de la editora, pp. 24-25.
^Justamente los menos filosóficos y especulativos, y los más revolu-
cionarios. como dice Masson, que provenían directamente de dos lustros
de autoanálisis, de práctica neuropatológica. de estimulante amistad con
Fliess y. sobre todo, de trabajo en cox.ün cor. e! gran Breuer, la figura
paternal mas fuene óe Freud, su me>or %-aje¿cr y más honesto colega, el
verdadero mictador ód psKoaBáitss, agusammic naiado por la historia
y. sobre toco, por FTS-JC zisrc
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pero también harto provinciana en sus capas burguesas, con
la mirada puesta siempre en París como modelo. En cual-
quier caso, una ciudad muy peculiar en una época muy con-
creta. Los pacientes de Freud, por su parte, estaban muy loca-
lizados, pertenecían casi en su totalidad a la burguesía vienesa
formalista y reprimida (el pueblo y la nobleza eran mucho
más libres y alegres): dos terceras partes, más o menos, a la
burguesía adinerada, un tercio a la burguesía media; y un
mínimo tres por ciento, según Breger'^, eran trabajadores. Ése
es todo el círculo de la experiencia netamente psicoanalítica
de Freud (después de un cuarto de siglo, eso sí, de estudios,
prácticas e investigaciones científicas, insisto): el de su pra-
xis de la Berggasse, llena por otra parte de intrigas de poder,
conveniencias teóricas, vanidades mundanas, ambiciones
crematísticas, etc. El resto es especulación. De hecho su evo-
lución fue cada vez más hacia la (mala) filosofía: generaliza-
ciones, planteamientos esencialistas, con pretensiones de
alcance y validez universal, verdades dogmáticas, rechazo
de crítica, etc. De modo que Freud sería más bien un filóso-
fo malo que un buen científico, como insinúa en contexto
wittgensteiniano Bouveresse. En cualquier caso: entre esa
bondad y maldad científico-filosófica o filosófico-científica
queda y quedará siempre su genialidad indiscutible.
Freud no tuvo en cuenta el perfil social ni las caracterís-
ticas individuales de sus pacientes, y creyó poder deducir de
sus "casos" nada menos que una teoría general sobre la "esen-
cia" del hombre, cuando ya muchos se habían cuestionado
incluso ese concepto. Pensó que las "verdades del incons-
ciente" eran los determinantes últimos y absolutos de la natu-
raleza humana. Habla sub specie aeterni de un hombre "en
sí", sobrepasando con ello el ámbito de la observación con-
creta y de su explicación causal, excediendo su pretensión
Cfr. para esto, y para otros mil detalles de estas páginas, la magnífi-
ca biografía de Louis Breger, Freud, el genio y sus sombras (Vergara, Barce-
lona, 2001), saludada por Sophie, nieta de Freud, como "la biografía que
estábamos esperando" (¡después de tantas y tan voluminosas!), califi-
cándola además de "acertada e imparcial". Es, probablemente, la biogra-
fía que hoy hay que leer de Freud.
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de objetividad científica el ámbito pretendidamente científi-
co y racional de su propio análisis, y, con ello, la fianción ilus-
trada -al modelo de Lessing- que quería imprímir a su teo-
ría como liberación y esclarecimiento racional de la conciencia,
enmarañada hasta él en sus pulsiones inconscientes. El tufo
irracionalista que esto desgraciadamente deja es debido sólo
a sus innecesarias pretensiones cientificistas. Los mereci-
mientos del psicoanálisis no son precisamente científicos, ni
necesitan serlo (quizá ni siquiera se hubiera planteado esta
cuesrión, etema en el psicoanálisis, a no ser por las preten-
siones cienüficistas de Freud). Atraen, no predicen; conven-
cen, no demuestran; ofi-ecen motivos, no causas... Son esté-
ticos, en general, y no científicos. Los supuestos del
psicoanálisis, sobre todo el inconsciente, más bien que hipó-
tesis experímentales son esencialismos hipotéticos reducibles
a simples medios de representación o a modos de hablar La
doctrina de Freud no sería, pues, una teoría científica, sino
una especulación bríllante, genial y atractiva por el poder de
I
seducción de sus imágenes misteriosas, subterráneas, oscu-
ras, dramáticas, en las que el analizado se siente como un
personaje de la tragedia antigua, predeterminado por los hados
desde su nacimiento y siempre en sus manos contradictorias
y absurdas. Una mitología poderosa. Una narración pseudo-
científica.
Freud antiguo y moderno
Freud fue un típico médico vienés del momento, un típico
Akademiker vienés de cultura universal, producto ejemplar
de la Allgemeinbildung de la pedagogía austríaca de la época^,
sin la que no puede entenderse ni a él mismo ni al psicoa-
nálisis: entrecruce de medicina, psicología, filosofia, antro-
pología y literatura (tragedia clásica y mito). De esa mezcla
sale el esplendor del psicoanálisis, no reducible, desde lue-
' Cfr. Martin Esslin, "La Viena de Freud", en Jonathan Miller (ed.),
Freud. El hombre, su mundo, su influencia, Destino, Barcelona, 1977, pp. 55-
69, 61 y ss.
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go, a forma de ciencia pura. Poca falta hace eso si, a pesar de
toda su estética (o precisamente por ella), orienta de algún
modo en la oscuridad del psiquismo y, sobre todo, cura algu-
nas de sus patologías. Si cura. Y si no cura, al menos abrió
perspectivas inusitadas de análisis hace un siglo.
Dotado de una mente poderosa y cultivada, con sus
ideas geniales -por muy oscuro que fuera su origen- Freud
liberó al siglo xx de la opresión e hipocresía victorianas, puso
al descubierto los efectos patológicos de la represión sexual,
la sexualidad infanril, los aspectos oscuros de un yo consi-
derado puro, claro y distinto, señor de sí mismo y del mun-
do, hasta entonces. Inventó un utillaje más o menos con-
trolable científicamente para el viaje al interior, hasta entonces -
nada más que una veleidosa aventura metafísica o románti-
ca. Enseñó que los síntomas neuróticos son representacio-
nes de conflictos emocionales inconscientes, proporcionó
una teoría de ese supuesto mecanismo inconsciente e ideó
métodos clínicos por los que los factores ocultos en la etio-
logía de la enfermedad pueden salir a luz. La comprensión
de la cultura, del arte o de la religión es otra también des-
pués de él. No hay duda que Freud, anclado con un pie en
la Modernidad y haciendo camino con otro en la Posmo-
demidad, es uno de los más grandes maestros de los nuevos
tiempos: con Marx y Nietzsche conforma la trinidad que nos
despertó de muchos de los ensueños de la modernidad euro-
pea. Con Heidegger y Wittgenstein, la trinidad de los más
grandes maestros del siglo xx.
Freud fije un genio curioso. Un modemo a la antigua que,
a pesar de todo, rompió la Modernidad y la abrió a novísi-
mas perspectivas anímicas. Vivió prácticamente toda su vida,
desde sus cuatro años hasta uno antes de morir, en una
ciudad de genios -él mismo era uno de ellos-, y no se ente-
ró de mucho, o no quiso enterarse por el rechazo que reci-
bía, de lo que se revolucionaba entonces allí. Por ejemplo,
nunca tomó en serio el lenguaje, su instrumental terapèuti- •
co por antonomasia, como objeto de análisis por sí mismo,
como hacía Mauthner o Wittgenstein; nunca miró con inte-
rés ni critico ni costumbrista la sociedad concreta de Viena,
como Kraus o Schnitzler (éste, su sosias envidiado y temido);
no le importaron mucho ni los grandes científicos que enton-
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