Table Of ContentBernard Groethuysen
RLOSOFlA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Con la fundación de la Asamblea Nacional y el
estallido de la Revolución francesa en 1789, el mundo
parece cambiar de repente. Europa presencia el
afán de transformación de una sociedad casi feudal en
una democracia. Pero la conmoción que esto produce
no proviene tan sólo de la violencia desatada sino,
más hondamente, de las nuevas ideas empleadas como
estandarte: libertad, igualdad, fraternidad.
Bernard Groethuysen revisa en este estudio el
■ desarrollo de tales ideas.
Inicia su repaso con los filósofos racionalistas
—Descartes, Pascal, Comeille, La Rochefoucauld,
etcétera—, continúa con los predecesores del
positivismo —Marivaux, Diderot, los enciclopedistas—
y concluye con Montesquieu, Voltaire y Rousseau,
quienes fincan las bases concretas del derecho natural,
paralelamente a los violentos sucesos que dieron fin a
la monarquía.
El debate entre el derecho natural y el derecho
positivo, entre el público y el privado, culminaría en la
o
Declaración de los Derechos del Hombre, de los cuales n
e
el pueblo es depositario soberano, y en el inicio de las or
M
sociedades modernas. ás
El FCE ha publicado también, del mismo autor, L a col
formación de la conciencia burguesa en Francia Ni
durante el siglo XVIII(Historia) y J. J. Rousseau ño:
e
(Colección Popular). Dis
En la portada: Detalle de Fiesta del árbol de la libertad
COLECCIÓN POPULAR
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
MÉXICO
Traducción de
Carlota Vallée
BERNARD GROETHUYSEN
F
ilosofía de la
R F
evolución rancesa
COLECCIÓN
FOPll.AR
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
MÉXICO
Primera edición en francés, 1956
Primera edición en español, 1989
Titulo original:
Phüosophie de la Révolution franfaise. Pricidi de Montesquieu
© 1956, Editions Gallimard, París
ISBN 2-07-020942-3
D.R. © 1989, Fondo de Cultura Económica, S.A. de C.V.
Av. de la Universidad, 975; 03100 México, D.F.
ISBN 968-16-2610-9
Impreso en México
INTRODUCCIÓN
La filosofía de la Revolución francesa no tiene como
objeto —al menos en el sentido propio de la palabra—
el descubrimiento filosófico de nuevos sistemas.
Trata de la evolución, en el sentido revolucionario,
de ciertas ideas ya conocidas. Su finalidad consiste
en mostrar cómo ciertos principios abstractos se
concretan, se convierten, por decirlo así, en imá
genes vivientes que corresponden a los impulsos de
la voluntad y, en cierta forma, personifican las
metas hacia las cuales tienden los hombres de la
época. Ha de seguir después esos principios en el
transcurso de la obra, representarlos como activos
en la vida real, con todas las reacciones que puedan
provocar. Por una parte, pues, la lógica inmanente
de las ideas, y por la otra, la forma que revisten en
la realidad, los nuevos problemas que suscita su
contacto con la vida. Y todo ese proceso efectuán
dose gracias a una evolución colectiva, en cierta
forma anónima, donde los individuos que surgen
de la masa no hacen sino expresar la manera como
conciben y sienten las cosas. Grimm no volvía de
su asombro al ver la vida nueva que habían tomado
en Francia ciertos conceptos, ciertos datos teóricos
emanando de la filosofía del derecho y que él había
estudiado cuando estaba en la Universidad de Leip
zig. Esta actitud de Grimm expresa bien el problema
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que vamos a tratar. Tendremos que habérnoslas con
conceptos del derecho natural que, bajo la forma
teórica que revisten en los manuales de derecho
natural, no tienen nada de entusiasmante. Son ideas
tales como la ley, la igualdad de los derechos, la
voluntad nacional.
Tomemos, por ejemplo, la última de estas ideas.
¿Qué es la voluntad nacional? Es, se dirá, la volun
tad de la mayoría. Pero esta respuesta no puede
satisfacemos. La nación a la cual debemos sacrifi
camos, a la que debemos servir y cuya voluntad es
siempre recta y buena, no puede ser la mitad de sus
ciudadanos más uno. O bien, se nos dirá que es la
voluntad del pueblo, sin otra explicación. Pero en
tonces, ¿qué quiere decir pueblo? ¿Un millón de
hombres que habitan Francia? Esta multitud que
puede representarse en cifras no nos significa nada
sino lo abstracto. ¿Cómo asiremos la voluntad de la
masa en su realidad viviente? O bien, para los más
cándidos de entre nosotros, serán las personas, tal
y como las observamos tan pronto ora aquí, ora
allá, todos los días, en la calle o en sus campos. Pero
esta no es sino una visión parcial. ¿En dónde se halla
el conjunto del pueblo? El pueblo, se nos contes
tará por ñn, es una unidad que todavía' tiene que
realizarse. Se necesita que de todas las distintas
tendencias de la voluntad, se forme una única vo
luntad. Pero todo esto no realiza aún la idea de la
nación. Hay que amar al pueblo, al pueblo entero;
se requiere que nos sea presente y que no perma
nezca como una masa que nada nos representa. El
pueblo debe reinar. Su voluntad debe pues mani-
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festarse de alguna manera. Es esta una de las cues
tiones que muestran cómo la idea del pueblo se
vuelve revolucionaría.
Al lado de esta idea hay otras, como por ejemplo
aquella de libertad, igualdad. Para comprender cómo
esas ideas se vuelven vivientes, hay que tratar de
comprender el estado de ánimo de los hombres de la
época, de damos cuenta de lo que entonces resen
tía el individuo en relación con la masa de la cual
formaba parte, lo mismo que en relación con el
mundo y la naturaleza. Debemos aprehender la ma
nera como concebía la vida y la realidad viviente,
saber a qué otorgaba un valor. Esto exigiría, claro
está, que remontásemos el curso de la historia.
Aquí nos concretaremos a utilizar ciertas manifes
taciones literarias a fin de tratar de descubrir en su
significado, en cierta forma sintomático, los ele
mentos que nos permitan ver claro en esta evolución.
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I. DEL OPTIMISMO AL
PESIMISMO RACIONAL
Descartes
Tomemos a Descartes como punto de partida. La
naturaleza se halla regida por grandes y muy senci
llas leyes. El universo, la tierra, el cielo estrellado,
no son más enigmáticos que una máquina que
hubiera fabricado un artesano. Así, en algún lugar,
dice Descartes, imaginemos un espacio en el que
Dios hubiera emprendido la creación de un mundo
nuevo. Se encontraría ante un caos de tal modo inex
tricable que habríase requerido ser poeta para con
cebirlo. Y he aquí que ese caos se ordena según unas
leyes fundamentales, claras y simples. Allí se dis
cierne, poco a poco, un cielo, planetas, cometas, el
Sol, las estrellas fijas y la Tierra; y sobre la Tierra,
unas montañas, mares, manantiales, ríos, unos cam
pos en donde crecen plantas. El cuerpo del hom
bre obedece también a las leyes que gobiernan el
universo. En cuanto al espíritu humano, basta con
que, dentro de sus razonamientos, proceda según
las leyes de sus propias luces a fin de que comprenda
aquellas que regulan el universo y pueda recons
truirlo mediante el pensamiento. Es cierto que al
lado de los conocimientos de orden matemático y
mecánico que se requieren para ello, hay una can
il
tidad de conocimientos de orden secundario, tales
como las lenguas, la geografía, la historia y, en ge
neral, todo aquello que depende de la experiencia.
Toda una vida no bastaría para adquirirlo. Pero
¿qué sentido tendría esto? Un erudito ya no tiene
necesidad de conocer la historia del imperio greco-
romano ni la del más pequeño Estado de Europa.
Asimismo, en la conducta de la vida no se requiere
proceder según las leyes estrictas de la evidencia.
Con frecuencia nos vemos obligados a damos por
satisfechos con opiniones que no son sino verosí
miles. Es por ello por lo que no podemos arriesgar
nos a reformar las costumbres de los hombres, o a
dar consejos en materia de política, pues para ello
habría que estar avezado en las intrigas de la vida
de las cortes. El hombre docto no busca tampoco
contestar a aquellos que le preguntan cuál es el sen
tido del universo y con qué fin fue creado. Las
consideraciones sociológicas quedan excluidas del
mundo de Descartes. Por otra parte, puede ser que
la perfección en dicho universo no sea sino colec
tiva y no se exprese del todo en este mundo que es
el nuestro; tal vez incluso una de las principales
perfecciones del universo, es la de que un mundo
deba desaparecer para dejar el lugar a otro.
Pascal
Se requiere otra actitud mental para orientamos
dentro de la realidad viviente. Al espíritu de geo
metría, Pascal opone el espíritu de agudeza.
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