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Iglesia católica y sexualidad
Eunucos por el reino de los cielos
Eunucos por el reino de los cielos
La Iglesia católica y la sexualidad
Uta Ranke-Heinemann
E D T o R A L T R o T T A
COLECCION ESTRUCTURAS Y PROCESOS
Serie Religión
Título original, Eunuchen für das Himmelreich
Kathalische Kirche und Sexuolitat
Traducción de, Víctor Abelardo Martínez de lapera
© Hoffmann und Campe Verlag, Hamburg, 19 88
© Editorial Tratta, S.A., 1994
Altamirano, 34 -28008 Madrid
Teléfono, 549 14 43
Fax, 54 9 16 15
© Vfctor Abelardo Martfnez de Lapera, para la traducción, 19 94
Diseño
Joaquín Gallego
ISBN, 84-87699-86-3
Depósito legal, VA-19194
Impresión
Simoncos Ediciones, S.A.
Poi. lnd. San Cristóbal
Cl Estaño, parcela 152
47012 Valladolid
A mi esposo
INTRODUCCIÓN
JESUS, EL DEL TRIBUNAL
En la audiencia del 14 de julio de 1981, el tribunal de la ciudad de
Hamburgo, sección 144, condenó a Henning V., redactor jefe de una re
vista satírica, a pagar una multa pecuniaria correspondiente a cuarenta
días de cárcel, a razón de 80 marcos al día, por ofensa a las convicciones
religiosas y ultraje a las instituciones de la Iglesia. El tribunal razonaba
así su sentencia: <<La fe cristiana, que es fe en la persona de Jesucristo, lo
cual constituye, a su vez, el contenido esencial del credo de la Iglesia cris
tiana, confiesa que Dios se ha manifestado en la humanidad de la per
sona de Jesucristo. Afirma también que Jesucristo es el redentor y que su
vida es inmune a todo pecado y placer>>. A pesar de las imprecisiones teo
lógicas y gramaticales del enunciado de dicha sentencia, el tribunal de
cidió <<en nombre del pueblo>> que Jesús era un redentor completamente
ajeno al placer.
Probablemente la intención del tribunal no iba tan lejos como sus pa
labras. <<Inmune a todo pecado» ... ¡pase! Pero «a todo placer>> ... eso no
es posible. Eso equivaldría a mutilar la persona de Jesucristo y con tal
afirmación el mismo tribunal podría herir los sentimientos religiosos. La
sentencia niega a Jesucristo toda disposición para el placer, pero está pen
sando e intencionando un placer muy concreto, no ciertamente esa frui
ción espiritual, llamada también alegría, sino el gozar del cuerpo y de los
sentidos. Pero aun si nos situamos en este ámbito hay que distinguir di
versos grados que van desde el placer de escuchar música hasta el de
comer y beber (sus enemigos le tacharon de «comilón>> y <<bebedor>>, Mt
11,19; Le 7,34) y terminar en el más bajo de todos, el del sexo. Eviden
temente el tribunal estaba pensando en el peor de todos, en la satisfac
ción sexual. Desde este momento quedaba establecido, por vía judicial,
que Jesucristo eso no lo había conocido nunca. Además, el tribunal es
ta blecc una relación tan estrecha entre el goce sexual y el concepto de
«pecado», que también jurídicamente se impone esta evidencia: el placer
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sexual no es bueno. Todo parece indicar, pues, que las autoridades jurí
dicas están de acuerdo con la antigua doctrina católica según la cual no
hay placer sexual sin pecado. Sin duda, esta visión tan negativa del placer
sexual lleva consigo una aversión generalizada al placer. Y ésta es la ima
gen que los teólogos celibatarios nos han transmitido de Jesús, la imagen
de un redentor carente de apetito sexual y enemigo del placer.
Este enconamiento y hostilidad hacia el placer tuvo sus consecuen
cias. Después de todo, a nuestro acusado en cuestión se le arregló el asun
to con el pago de una multa por valor de cuarenta veces 80 marcos. Pero
otras muchas personas han sufrido, en el decurso de la historia, conse
cuencias mucho más graves que soportaban durante toda la vida o que
les acarreaban la muerte. El artículo 133 del Ordenamiento jurídico
penal del emperador Carlos V, que data de 1532, castiga con la pena de
muerte a quienes hagan uso de medios anticonceptivos. Su utilización sig
nifica búsqueda de placer, lo cual está condenado por la Iglesia. Pero, in
cluso en nuestro siglo XX, concretamente bajo el régimen nazi, esa pia
dosa hostilidad hacia el placer tuvo una influencia decisiva sobre el
destino de muchas vidas humanas, por ejemplo, cuando se quería saber
cómo tratar a las personas afectadas de enfermedades hereditarias y
cómo, <<en nombre de una legítima defensa, mantener a estos parásitos
alejados de la sociedad» (cardenal Faulhaber). En conversación mante
nida: con Hitler, el cardenal Faulhaber se opuso al proyecto de esterili
zación que el Führer había preparado para estos parásitos. La razón
fue siempre la misma, ese temor ancestral al placer, cuyo origen se pre
tende hacer remontar a Jesucristo. El cardenal abogaba por la solución de
internarlos en campos, entiéndase de concentración. Volveremos sobre
ello.
De momento, nos vamos al principio, al Jesús sin placer. La aversión
de Jesús al placer tuvo repercusiones, antes que nada, en la vida marital
de su madre: Jesús, ya desde antes de nacer, impone determinadas con
diciones a María para que pueda llegar a ser su madre. Según la ense
ñanza de la Iglesia, si María, por ejemplo, hubiera deseado tener más
hijos, entonces Jesús no habría tenido deseo alguno de aventurarse en la
empresa de la redención, no se habría hecho hombre, o, tal vez, no hu
biera tenido reparo alguno en buscarse otra madre. Esto lo afirmaba ya
en el siglo IV el papa Siricio cuando decía que <<Jesús no habría escogido
nacer de una virgen si hubiera juzgado que ésta había de ser tan incon
tinente que con semen de varón había de manchar el seno donde se
formó el cuerpo del Señor, aquel seno, palacio del Rey eterno. Porque el
que esto afirma, no otra cosa afirma que la perfidia judaica de los que
dicen que no pudo nacer de una virgen» (carta al obispo Anisio del año
392). De aquí se sigue evidentemente que tener hijos es una acción im
perfecta, una falta de continencia, una caída en el placer. Y la concep
ción, a no ser la que proceda del Espíritu Santo, es mancha e impureza.
No estamos aquí ante la opinión personal de un solo papa. El teólogo ca
tólico Michael Schmaus, especialista y autoridad reconocida en teología
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