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Prólogo
de Marta Malo
1.
Para mí, bell hooks fue antes que nada la autora que escribía
su nombre en minúsculas. Recuerdo que la primera vez que lo vi
pensé que era una errata, para enseguida darme cuenta de que
había intención en aquella grafía.
Gloria Jean Watkins, nombre en la vida mundana de bell hooks,
ha publicado siempre bajo su pseudónimo minorizado. Esa escritura
en minúsculas ha sido su modo de desafiar una institución
académica que, contra todo pronóstico, le dio cobijo a ella, hija de
ama de casa y conserje de una comunidad negra segregada en el
sur de Estados Unidos. Ha sido, también, su modo de dar la cara
con un nombre como autora que ha sostenido en sus más de treinta
libros publicados y, a la par, subrayar que lo más importante no era
la persona detrás de los libros, sino las reflexiones que esos libros
contienen; y que la persona no es lo mismo que la escritora. Tanto
es así que en uno de los capítulos de este volumen somos testigos
de un desdoblamiento: Gloria Watkins, la persona, entrevista a bell
hooks, la autora. El capítulo está dedicado al pensamiento y la figura
de Paulo Freire, poderosa inspiración que recorre toda su reflexión
pedagógica.[1]
Pero hay otras capas en esta elección de apodo además del
desafío a la sacralización académica del autor, y además de la
efectuación de otra idea de autora. Firmar como bell hooks ha sido
también el modo que ha encontrado Gloria Watkins de vincularse y
reclamar el legado familiar de mujeres «respondonas»: Bell Blair
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Hooks era el nombre de su bisabuela materna, una mujer de
inteligencia despierta y lengua audaz. En una de las muchas
ocasiones en que la pequeña Gloria lanzó una pregunta incómoda
en el seno de la familia, apareció la comparación: «Eres como tu
bisabuela». Gloria se lo tomó como un halago y desde entonces no
ha dejado de preguntar; de preguntar y de tratar de responder.
Tal y como explica en este libro, su amor al pensamiento nace de
esta necesidad temprana de encontrar las respuestas que nadie le
daba, de pensar su propio extrañamiento como «mujer
respondona», primero en su familia, más tarde en instituciones
educativas elitistas y blancas: pensar ese extrañamiento desde un
feminismo intuitivo que se rebelaba a las estructuras patriarcales de
su comunidad; pensarlo manteniendo a la vez una lealtad hacia los
suyos o, más bien, hacia sus orígenes negros, rurales, de clase
obrera; pensarlo sin dejar de pelear un lugar en la docencia y en la
escritura, para sí misma y para otras que llegarían después.
Será por eso que bell hooks siempre vuelve a la raza, la clase y el
género, las tres estructuras de dominación que la subalternizan, y
construye desde su intersección una voz propia, clara, disidente, no
domesticada, que mezcla géneros y desafía todas las
compartimentaciones.
2. Lo que tenéis entre las manos es un libro de pedagogía. Como la
propia bell hooks cuenta, la pedagogía no es la labor intelectual más
prestigiosa ni aclamada: ni en las instituciones académicas ni en la
sociedad en general. Si un profesor es un reconocido intelectual, se
da por sentado que sus clases serán fabulosas. A medida que
ascendemos en las etapas educativas, mayor es el prestigio
docente, pero menor la importancia que se da a la tarea docente en
sí. Superadas las fases de alfabetización y cálculo elemental, ya no
parece importar demasiado lo que sucede en el aula cuando se
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cierra la puerta o el tipo de relaciones de aprendizaje que se tejen
entre profesores y estudiantes. Sin embargo, bell hooks se
reivindica como maestra y hace de este libro una oda a la
pedagogía como práctica de libertad.
Como niña criada en el Sur de la segregación racial, bell hooks tiene
grabado a fuego lo que supuso el analfabetismo para tantas
personas negras en un mundo que era al mismo tiempo racista y
letrado. Manejar el alfabeto, las cuentas, los códigos, era de vital
necesidad para no depender de personas racistas que los
interpretaran por ti. bell hooks mantiene vivo el recuerdo de leer
para otra gente siendo niña, de escribir para otra gente, pero, sobre
todo, el recuerdo de sus maestras de primaria, de la pasión y de la
vocación con la que daban sus clases, de la pedagogía que ellas
encarnaban, conscientemente o no.
Estas maestras eran mujeres negras que enseñaban a niñas y
niños negros como ellas, que conocían sus vidas, sus familias, sus
estilos de aprendizaje y que lo daban todo, porque veían en esas
criaturas el futuro de toda su gente. Su labor era una prolongación
de la labor que, bajo el régimen de las plantaciones, los pocos
esclavos que sabían leer habían desarrollado en aulas clandestinas
improvisadas; era una extensión de los relatos escritos por esclavos,
en cautiverio o a la fuga, como reivindicación de la inteligencia y de
la visión negras; era una continuación de los clubs autoorganizados
donde hombres y mujeres negros compartían enseñanzas en los
tiempos de la Reconstrucción.
Estas maestras, con su pasión docente, impregnada de memoria
y de lucha, son la primera inspiración pedagógica de bell hooks, su
inspiración fundamental a lo largo de todo su recorrido como
profesora. Son las que, antes de que fuera una destacada
pensadora con fama internacional, le dieron la valentía para hablar
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libremente y atreverse a transgredir: los prejuicios, las normas, la
dominación. Son las que le enseñaron que el aula podía ser un lugar
en el que ganar libertad junto a otros, junto a otras.
Pero las aulas, se nos dice a lo largo de estas páginas, también
pueden ser espacios de combate. La imagen de Ruby Bridges, la
primera niña afroamericana que asistió a un colegio para niños
blancos, después de la abolición de la segregación escolar legal en
Estados Unidos, y tuvo que hacerlo escoltada por agentes federales,
es un icono de la lucha antirracista.
bell hooks forma parte de esa generación de jóvenes
afroestadounidenses que vivió en sus carnes la transición a las
«escuelas integradas» en el sur de Estados Unidos. Como
adolescente educada hasta ese momento en colegios solo para
niñas y niños negros, recuerda el vuelco que supuso en su
experiencia escolar el acceso a un centro que hasta ese momento
había estado reservado a jóvenes blancos. Recuerda la hostilidad,
el ninguneo, la certeza de que se esperaba muy poco de ellos, los
estudiantes negros, la vívida sensación de ser permanentes
invitados incómodos.
No, la mera presencia de cuerpos negros no garantiza el fin de la
supremacía blanca, sobre todo cuando el esfuerzo de integración
racial recae de un solo lado. Así, el aula es para bell hooks un lugar
de responsabilidad donde la maestra comprometida con el
antirracismo, con el feminismo, con la igualdad, debe tomar partido;
no para tomarse la revancha, sino para abrir otro tipo de espacio.
Para hacer del aula un sitio donde cada voz singular pueda hacerse
presente, ser escuchada, entrar en diálogo y muchas veces también
en conflicto. Los verdaderos aprendizajes, nos dice bell hooks, a
veces son incómodos, incluso dolorosos. Y adentrarse en la
intersección entre diferentes sistemas de dominación, hacerse
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consciente de ella desde la observación de nuestras propias
vivencias y las de otros, incomoda y duele.
La interacción en el aula, el diálogo crítico y abierto, que a veces es
conversación y otras choque, que siempre es reconocimiento de la
dignidad del otro, de los otros, en cuanto que inteligencia viva, está
en el corazón de la pedagogía que bell hooks nos propone. El
reconocimiento activa el pensamiento, la interacción lo pone en
movimiento, el intercambio le aporta nuevos elementos de los que
beber. bell hooks se inspira en Freire, pero también en toda esa
tradición antijerárquica que defiende que los estudiantes no
necesitan que les digan qué pensar; que la gente común no necesita
que le digan qué pensar. Lo que unos y otros necesitan, lo que
todas necesitamos, son espacios compartidos que activen,
acompañen y sostengan la lectura, la escritura, la observación, la
investigación.
Por eso el aula, entendida como espacio de libertad, no les resta
a la investigación y a la escritura, sino que las nutre, como el río a la
fuente. Por más que las reformas universitarias se empeñen en
hacer de la docencia un castigo para los investigadores menos
«productivos»,[2] cuando se aprende en el aula, es porque se
piensa: en voz alta, en borrador, en escucha y tensión con otros
diferentes. Piensan los estudiantes, piensa el profesor, la profesora,
todas aprendemos. Ay del profesor que cree que sus estudiantes no
tienen ya nada que enseñarle…
bell hooks sabe muy bien que las áreas de su trabajo que más
interés suscitan son el pensamiento feminista interseccional y la
crítica cultural. A pesar de ello, aunque más de uno la mire con
perplejidad, no dejará de escribir sobre pedagogía. A este primer
libro, Enseñar a transgredir, le seguirá otro: Teaching Community. A
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Pedagogy of Hope (Comunidad educativa. Una pedagogía de la
esperanza).[3]
Pero no es solo escribir: es hacer. A lo largo de la lectura de este
volumen, constatamos que bell hooks reflexiona sobre otra
pedagogía, pero también la prueba, la ensaya y, muchas veces, la
logra. Estas páginas están cuajadas de «historias de aula» que dan
cuenta de otra relación con los estudiantes: otro tipo de intercambio,
otro «tiempo del aprendizaje» que genera vínculos de por vida.
«Sabías que sus clases eran especiales —escribe en el New York
Times la escritora coreano-estadounidense Min Jin Lee—. La
temperatura del aula parecía cambiar en su presencia: todo se
tornaba intenso y chispeante, como la atmósfera justo antes de una
lluvia largamente esperada. No era solo ir a clase, no: creo que nos
estábamos volviendo a enamorar del pensamiento y de la
imaginación».[4]
A pesar de las dificultades que bell hooks vive en la institución
académica, su devoción por la interacción pedagógica la ha hecho
mantenerse como profesora universitaria a lo largo de toda una vida.
En 2014 fue un paso más allá: volvió a su Kentucky natal para
fundar un instituto propio. Lo hizo al abrigo de una de las
universidades más inclusivas de la región, el Berea College, que
ofrece becas de cuatro años a todos y cada uno de sus estudiantes
y cuenta con una composición racial verdaderamente mixta. Desde
allí, como profesora emérita, genera espacios donde pensadores,
activistas e investigadores de larga trayectoria se mezclan con
personas de las comunidades locales para estudiar, aprender y
entablar juntos diálogos críticos sobre las intersecciones entre
sistemas de explotación y opresión. El pensamiento crítico, la
docencia, los eventos públicos y las conversaciones se mezclan en
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un continuo que expresa y da aterrizaje concreto a muchas de las
ideas pedagógicas de bell hooks.
3. bell hooks enseña y piensa con el cuerpo. Esto es: involucrando
todo el cuerpo en la acción, el suyo propio y el del resto de los
estudiantes. Convocando las vivencias y las emociones.
Reivindicando lo que ella es: no una profesora universitaria sin más,
sino una mujer negra criada en el sur segregado de Estados Unidos
que encontró en el pensamiento una herramienta para resistir y para
vivir mejor. Su propio recorrido, su relación apasionada con la teoría,
su extrañamiento con respecto a la institución académica como
alguien que viene de otros mundos están tan presentes en el aula
como los contenidos.
Con todo ello, bell hooks desafía la escisión mente-cuerpo que
está en el corazón de la tradición cognitiva de la modernidad
occidental; una escisión que no solo separa mente de cuerpo, sino
que coloca el cuerpo por debajo, como exceso, bajura, oscuridad
que la mente debe someter. Toda la escolarización tradicional está
estructurada en torno a la interiorización de esta escisión: se
aprende sentado y en silencio, se trata de absorber un conjunto de
contenidos intelectuales al mismo tiempo que se incorpora un
habitus de máxima contención corporal. Cuanto más abstracto y
más intelectual es un saber, más desprovisto de concreción y de
materia, mayor es el poder, el reconocimiento y las gratificaciones
que se le otorgan socialmente.
Esta escisión tiene una profunda base patriarcal y colonial. La
mujer, el negro, el indio son cuerpo, mano, corazón a disposición y
bajo la dirección del varón blanco heterosexual, sujeto privilegiado
de la razón. No es de extrañar, pues, que todas las tradiciones de
pensamiento feministas, antirracistas, anticoloniales hayan
cuestionado esta escisión. Lo hacen desde una intimidad vivida con
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