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EL ANTIGUO
EGIPTO
Anatomía de una civilización
BARRY J. KEMP
EL ANTIGUO EGIPTO
Anatomía de una civilización
Traducción castellana de
MÓNICA TUSELL
CRÍTICA
GRIJALBO MONDADOR!
BARCELONA
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo
las sanciones establecidas en las leyes, Ja reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribu
ción de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
Primera edición en esta colección: febrero de 1996
Título original:
ANCIENT EGYPT
Anatomy of a Civilization
Routledge, Londres
Cubierta: Enrie Satué
Ilustración de la cubierta: Busto de caliza pintada atribuido a la princesa Meketatón, hija de
Ajenatón; contracubierta: la paleta de Narmer.
© 1989: Barry J. Kemp
© 1992 de la traducción castellana para España y América:
CRÍTICA (Grijalbo Mondadori, S. A.), Aragó, 385, 08013 Barcelona
ISBN: 84-7423-775-0
Depósito legal: B. 3.141-1996
Impreso en Espafia
1996.-HUROPE, S. L., Recaredo, 2, 08005 Barcelona
INTRODUCCIÓN
¿Cómo deberíamos estudiar la sociedad humana? Lo hemos de decidir no
sotros, pues no existe un método prescrito con rigor que nos indique los pasos
a seguir. Podemos obrar de manera convencional y reunir una serie de capí
tulos sobre el marco geográfico, la historia de período en período, la religión,
el arte, la literatura, las instituciones, etc. Esta disposición satisfará el ansia na
tural que sentimos por la lógica y el orden. Creará áreas de conocimiento que
no desentonarán con las amplias divisiones por materias de nuestro sistema
educativo, en el que la cultura es una acumulación de observaciones y juicios
agrupados en torno a un esquema convencional de temas. Sin embargo, si lo
hacemos de este modo y abandonamos en este punto nuestro trabajo, y si la
sociedad que estamos estudiando es muy distinta de la nuestra, tan sólo nos
quedaremos con un repertorio pretencioso de caracteres exóticos. Tal vez nos
sintamos complacidos al haber ampliado nuestros conocimientos y puede que
los resultados nos cautiven a un nivel emocional, más profundo, por su carác
ter novedoso. Pero nos expondremos a perder de vista un hecho importante,
algo tan simple y fundamental que incluso parece banal repetirlo.
En el pasado y en el presente, todos, los lectores de este libro así como
los antiguos egipcios, somos miembros de la misma especie, Homo sapiens,
cuyo cerebro no ha experimentado cambios físicos desde que nuestra especie
apaíeció. Todos compartimos, al igual que en el pasado, una conciencia co
mún y un substrato de conductas inconscientes. Nos seguimos enfrentando a
la misma experiencia básica que en el pasado: la de ser un individuo, con una
importancia sin igual, que contempla un mundo que se aleja de la esfera de
la vida cotidiana y abarca una sociedad más amplia, con una cultura y unas
instituciones en común, y unas sociedades más distantes, «extranjeras», que
quedan fuera de la propia, todo ello enmarcado en el contexto de la tierra y
los cielos, y de las fuerzas de la suerte, la fortuna, el destino, la voluntad de
seres sobrenaturales y ahora, en la edad moderna, de las fuerzas inmutables
de las leyes científicas. Vivimos y conservamos la cordura gracias a la mane
ra en que nuestra mente, de entre el incesante raudal de experiencias que se
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agolpan a nuestro alrededor y fluyen ante nosotros desde que nacemos has
ta que morimos, selecciona algunas de ellas y nos las estructura en pautas.
Esas pautas y las respuestas que les damos, efímeras de palabra pero más du
raderas cuando se transforman en instituciones y monumentos, constituyen
nuestra cultura. La cultura empieza siendo una terapia mental que impide
que la información que recogen nuestros sentidos acabe por abrumarnos, y
que clasifica algunos elementos como importantes y a otros como triviales.
A través de ella damos sentido al mundo.
En el siglo xx, la acumulación de conocimientos nos ha proporcionado
una ventaja inmensa sobre nuestros predecesores en lo que se refiere a la tec
nología y a las diversas facultades mentales mediante las cuales podemos ex
plorar el universo y generar una multiplicidad de imágenes lógicas. Pero no
hemos de confundirlo con una mayor inteligencia. Inteligencia no equivale a
conocimientos, sino que es la facultad de dar una configuración lógica a los
conocimientos que se tienen. Dentro del sistema creado por los antiguos
egipcios para afrontar el fenómeno de la conciencia personal -las esferas de
la existencia que se alejan de cada persona-, hemos de suponer que serían
tan (o tan poco) inteligentes como nosotros. Este es el mensaje crucial de la
biología, del hecho de que todos pertenecemos a la misma especie. El pro
greso no nos ha convertido en seres superiores.
Cuando estudiamos la aníigua civiiización egipcia, estamos claramente
ante el producto de una mentalidad muy distinta de la nuestra. Pero ¿hasta
qué punto ello se debe a su antigüedad? ¿Hay algo especial en la «mentalidad
primitiva»? ¿Refleja una actitud todavía más diferente de la presente en, pon
gamos por caso, las religiones y las filosofías orientales (es decir, del Lejano
Oriente)? No existe ninguna escala sencilla que calcule grados de diferencia
con este tipo de cosas. Las religiones y las filosofías orientales suelen contar
con una literatura mucho más extensa y una forma de presentación más co
herente que la antigua religión egipcia, la cual dependía en gran parte de los
símbolos pictóricos para transmitir su mensaje y que se desenvolvió en un
mundo donde, en ausencia de adversarios serios, nadie sintió el imperativo de
elaborar una forma de comunicación más convincente y completa. Nunca fue
necesario persuadir. Pero esto es más una cuestión de presentación que de
contenido. La principal diferencia es histórica. Las religiones y las filosofías
orientales han sobrevivido, y han acabado adaptándose y ocupando el lugar
que les corresponde en el mundo moderno. De este modo, las personas de
fuera pueden acceder a ellas de forma más directa, enseñadas por los apolo
gistas que han surgido de entre sus filas. Si nos mostramos diligentes y dispo
nemos de tiempo, podemos aprender el lenguaje que utilizan, vivir entre sus
gentes, absorber la cultura y, en general, introducirnos hasta que seamos ca
paces de reproducir sus procesos mentales en nuestra propia mente. Y tam
bién ocurre lo contrario. De hecho, el mundo oriental ha mostrado una mayor
disposición a penetrar en la mentalidad occidental que a la inversa.
INTRODUCCIÓN 9
Esta capacidad de salvar las barreras culturales es una clara demostración
de que la conciencia humana posee, en el fondo, la misma naturaleza. En
cada uno de nosotros se hallan presentes todas las vías de conocimiento, pero
el uso que hacemos de ellas y el valor que les damos varían según la cultura.
La dificultad principal que encierra el estudio del antiguo pensamiento
egipcio es, pues, debida a las circunstancias. En cuanto a proceso vivo, hace
ya tiempo que fue aniquilado por sucesivos cambios culturales de gran mag
nitud -la incorporación de Egipto al mundo helenístico, la conversión al
cristianismo y la llegada del Islam-, que condujeron a la casi total pérdida o
destrucción de su literatura. Gran parte de lo que podía captarse de forma in
mediata por medio de símbolos o asociaciones de palabras ha desaparecido
para siempre. Aunque algunos visitantes griegos intentaron dejar constancia
de sus impresiones sobre aspectos de la religión de Egipto, los sacerdotes de
aquel país no supieron mostrar a tiempo el suficiente interés para explicar de
manera convincente sus creencias a los extraños, un proceso que de por sí ha
bría provocado unas modificaciones internas transcendentales. En conse
cuencia, no se puede recrear el pensamiento egipcio como si fuera un siste
ma intelectual vivo. Pero es más resultado de un accidente histórico que un
signo de que, al ser «primitivo», tuvo que ser reemplazado por otro diferen
te. Ello no sucedió en el sur y el sureste de Asia, el «Oriente» propiamente
dicho. Aiií, ai haber una continuidad de base, ios cambios progresivos han
ocupado el lugar de los sistemas intelectuales que, aunque tenían sus raíces
en el pasado, han evolucionado hasta convertirse en elementos importantes
del mundo moderno. El judaísmo y el cristianismo han hecho lo mismo, pero
ambos forman parte de la cultura occidental. No nos parecen raros a pesar
de que tuvieron su origen en un grupo de países vecinos del antiguo Egipto.
Así que podemos entrar y salir, por decirlo de algún modo, de sus procesos
mentales sin ser plenamente conscientes de lo que tienen de extraños, ya que
el lenguaje y las imágenes que utilizan forman parte del proceso por el cual
los occidentales, desde que nacemos, clasificamos la realidad.
Aunque han perdido mucho prestigio y poder de atracción, los modos de
pensar que encontramos en las antiguas fuentes todavía perviven entre no
sotros y se manifiestan de diversas maneras. De forma colectiva, los podemos
denominar «pensamiento primario». Los símbolos hacen mella en nosotros y
reaccionamos en su presencia, en especial cuando están relacionados con la
identidad de grupo: desde los uniformes escolares hasta las banderas e him
nos nacionales, los retratos de los líderes o la indumentaria y la arquitectu
ra de los tribunales. En momentos difíciles, aflora en nuestra conciencia la
aceptación de que en los fenómenos y en los cuerpos inanimados, desde el
tiempo hasta los objetos inmóviles a los que maldecimos, reside un poder
tangible. Y a lo largo de la vida, nuestra imaginación vacila todo el tiempo
entre recoger e interpretar la realidad y evadirse al mundo de los mitos y la
fantasía. Mientras escribo este libro, soy consciente de que estoy creando
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imágenes en mi pensamiento que espero que concuerden con la situación
real en el antiguo Egipto. Sé también que cuanto más intento que los hechos
tengan un sentido, más teórico es lo que escribo y empieza a confundirse con
el mundo de la ficción histórica, una moderna forma de mito. Mi antiguo
Egipto es, en gran parte, un mundo imaginario, aunque confío en que no se
pueda demostrar fácilmente que no se corresponde con las fuentes originales
antiguas. Las especulaciones que hago están limitadas en parte por conside
raciones de carácter profesional --quiero ser fiel a las fuentes-, y también,
sin duda, a causa de mi mentalidad académica. Si poseyera una imaginación
más libre y creativa, los mismos procedimientos de formación de imágenes
que utilizo para dar sentido a las antiguas fuentes podrían llevarme a crear
mundos que no tuvieran nada que ver con la realidad. El escritor con cuali
dades para ello es capaz de dar vida a mitologías y mundos imaginarios com
pletos, que existen en nuestra mente con la misma intensidad que si hubié
semos estado en ellos. De hecho, el siglo xx ha presenciado el florecimiento
de la literatura fantástica, en la que la invención de mitologías desempeña un
papel fundamental. Las han escrito y se leen con fines de evasión (o al me
nos eso es lo que espero: existe un llamativo y dudoso género dentro de la li
teratura moderna que, aunque es fantasía, pretende encontrar credibilidad,
el género del Triángulo de las Bermudas o el de los «hechos que desconcier
tan a los científicos»), pero refleja el cambio en el valor que otorgamos a ta
les cosas. El hombre carga con la responsabilidad de llevar siempre consigo
los medios para sobrevivir a este mundo interior de la imaginación: un mun
do con infinidad de lugares, seres, situaciones y relaciones lógicas invisibles.
A algunos los llamamos religión, a otros fantasías, y a otros los productos de
dotes artísticas o de ideas eruditas o científicas, pero en verdad sólo podemos
separar en categorías este sinfín de imágenes utilizando distinciones arbitra
rias, y al final somos incapaces de ponernos de acuerdo en qué significa todo
ello.
Seguir las huellas de esta faceta creativa hasta lh~gar al pensamiento pri
mario comienza de una forma engañosamente simple, con el lenguaje figura
tivo de la personificación y la metáfora. «Peto siempre a mis espaldas siento/
acercarse el carro alado y presuroso del tiempo» (Andrew Marvell, 1621-
1667, «A la amante esquiva»).* Es poesía y no tenemos por qué juzgarlo de
otra manera. Pero puede que nuestro pensamiento prefiera jugar con las
imágenes. Veamos, por ejemplo, la del carro. Es un símbolo del movimiento,
y una simple observación nos demuestra que el tiempo y el movimiento es
tán vinculados ya que, transcurrido cierto tiempo, el movimiento decae a me-
nos que se le infunda energía, por !o que es imposible !a existencia de una
máquina en perpetuo movimiento. Sin embargo, cuando decimos que están
* «But at my back 1 alwaies hear I Time's winged Chariot hurrying near», Andrew Marvell,
«To his Coy Mistress».
INTRODUCCIÓN 11
«vinculados». estamos tomando prestado un término que generalmente se
usa más para hacer referencia a los «Vínculos» de parentesco: tíos, hermanas,
etc. Nos hemos adentrado en el terreno movedizo de las asociaciones lin
güísticas. En el mundo moderno se nos impulsa a profundizar en la relación
que hay entre tiempo y movimiento por medio del estudio de la termodiná
mica. Pero. por capricho, podríamos convertir al ser que tira del «alado ca
rro del tiempo» en la personificación misma del movimiento: tal vez una cria
tura femenina con la apariencia de un centauro. A través de la ampliación
del significado que aporta la palabra «Vinculados» podríamos decir, de modo
sucinto, que el movimiento era la hija o la esposa del tiempo, depende de qué
grado de parentesco les atribuyamos: en un nivel diferente o en el mismo.
Podríamos continuar a la manera de los artistas decimonónicos y crear una
representación alegórica. Pero al final se nos acusaría de haber dado simple
mente rienda suelta a una idea. Podemos descartar una especulación de este
tipo porque el avance de los conocimientos racionales ha abierto, en el caso
de la física, una vía mucho más compleja, satisfactoria y estimable a nuestro
interés por el tiempo y el movimiento. Pero los antiguos no poseían esta mul
tiplicidad de vías teóricas de conocimiento, la posibilidad de elegir los mitos.
Ellos podían establecer, como todavía podemos nosotros, divertidas asocia
ciones mentales. A veces surgían de un parecido ocasional entre los términos,
los juegos de palabras, hasta el punto de que ahora nos es posible decir que
sus ideas religiosas estaban construidas en torno al juego lingüístico. Pero les
atribuían una escala muy diferente de valores. Para ellos, eran retazos de
unas verdades más profundas.
Los antiguos egipcios no se preocuparon por el tiempo y el movimiento.
En cambio, se interesaron enormemente por el concepto de un universo en
tendido como el equilibrio entre dos fuerzas contrarias: la una encaminada al
orden y la otra al desorden. La sensación intelectual de que-aquélla era una
gran verdad oculta la aceptaron, de una manera lógica que pudieran expre
sar con las palabras y las imágenes de que disponían, en la narración meta
fórica del mito de Horus y Set (tratado en el capítulo I). Era su forma de li
brarse de la terrible sensación de saber algo y aun así sentirse incapaces de
haiiar la manera períecta de expresario. Subestimamos la comprensión inte
lectual de la realidad en el mundo antiguo si juzgamos al mito y a los símbo
los por lo que parecen: imágenes curiosas y fragmentos de narraciones ex
trañas que no acaban de tener sentido. Cuando rechazamos el lenguaje
escrito y simbólico de los antiguos mitos porque carece de validez racional,
no deberíamos ir demasiado deprisa y descartar al mismo tiempo las ideas y
las sensaciones subyacentes. También ellas pueden formar parte de un pen-
samiento primario y universal.
La pervivencia en la mentalidad moderna de las mismas vías de racioci
nio que disponían los antiguos nos proporciona parte del bagaje intelectual
con el que podemos dar un sentido al pasado. Podemos reproducir la lógica
12 EL ANTIGUO EGIPTO
antigua. Pero a la vez es una trampa, por cuanto es difícil saber cuándo nos
hemos de parar. Veamos un ejemplo concreto. Frente a la Gran Esfinge de
Gizeh se levanta un templo con un diseño singular, sin una sola inscripción
que nos diga qué representaba para sus creadores. La única manera que te
nemos de descubrirlo es recurrir a lo que conocemos de la antigua teología
egipcia. Dos investigadores alemanes lo han interpretado del siguiente modo:
los dos nichos de ofrendas situados al este y al oeste estaban consagrados a
los rituales de la salida y la puesta del sol, y las dos columnas enfrente de
cada nicho simboiizaban ios brazos y ias piernas de ia diosa dei cieio Nut. La
pieza principal del templo es un patio abierto rodeado de columnatas, cada
una con veinticuatro pilares. Estos pilares representaban las veinticuatro ho
ras de que consta un día y su noche. Si, por un momento, imaginamos que
fuera posible ponerse directamente en contacto con los antiguos constructo
res y preguntarles si ello es cierto, tal vez obtuviésemos un simple «SÍ» o «no»
por respuesta. Pero también podría suceder que nos dijeran: «No habíamos
pensado antes en ello pero, sin embargo, es verdad. De hecho, es una reve
lación». Nos podrían responder de este modo porque la teología egipcia era
un sistema de pensamiento abierto, en el que la libre asociación de ideas te
nía una gran importancia. No tenemos una manera definitiva de saber si lo
que son una serie de conjeturas académicas, que pueden concordar perfecta
mente con el espíritu del pensamiento antiguo y estar basadas en las fuentes
de que disponemos, en realidad se les ocurrieron alguna vez a los antiguos.
Los libros y los artículos especializados actuales sobre la antigua religión
egipcia seguro que, además de explicarla con términos occidentales moder
nos, aportan elementos nuevos al conjunto original de ideas. Los especialis
tas estamos llevando a cabo, de manera inconsciente y por lo general sin pen
sarlo, la evolución de la religión egipcia.
Debido al carácter universal e insondable de la mente, así como por la si
militud de las situaciones en que se encuentran los individuos y las socieda
des, tendríamos que tener el mismo objetivo al estudiar las sociedades del pa
sado que cuando trabajamos en sociedades del presente distintas de la
nuestra. Puesto que el tiempo ha destruido la mayor parte de las evidencias
del pasado distante, los historiadores y los arqueólogos han de dedicar mu
cho tiempo a cuestiones técnicas tan sólo para establecer hechos básicos que
en sociedades contemporáneas se observan a simple vista. Las excavaciones
arqueológicas son una de estas aproximaciones técnicas. Pero el interés por
los métodos de investigación no nos ha de hacer olvidar que el paso del tiem
po no afecta el objetivo final: estudiar las variaciones de los modelos menta
les y las respuestas de la conducta que el hombre ha creado para adaptarse a
la realidad que le rodea. La cronología nos permite seguir el cambio de mo
delos con el transcurso del tiempo y constatar los avances hacia el mundo
moderno. Pero caer excesivamente en la «historia» -las fechas y la crónica
de los acontecimientos- puede acabar convirtiéndose en una barrera que