Table Of ContentTextos desde un país herido
Cristina Rivera Garza
Textos desde un país herido
Cristina Rivera Garza
Epílogo de Diego E. Osorno
Dolerse
Textos desde un país herido
© Cristina Rivera Garza, 2011
Portada: Nuria Montiel/imprenta móvil
Diseño editorial: Gabriela Diaz
© sur+ ediciones, 2011
Claveles 1
San Felipe del Agua
C.P. 68020, Oaxaca de Juárez,
Oaxaca
Impreso y hecho en México
www.surplusediciones.org
Nota de los editores
Este libro reúne un grupo de poemas, crónicas y ensa-
yos personales. Algunos fueron publicados en diversos
medios, impresos y digitales. Otros no habían dejado el
escritorio. En el índice, después de cada título, indica-
mos las fechas de publicación.
Decidimos conservar el aire del presente de estos tex-
tos, pues consideramos que de esta manera damos cuenta
de la importancia del momento en que se escribieron.
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Índice
Introducción 11
Los sufrientes
I. La reclamante 23
II. Agencia trágica (30 de marzo de 2010) 27
III. Diario del dolor de María Luisa Puga 31
IV. La violencia y el dolor (6 de noviembre de 2007) 35
¿Qué país es éste, Agripina?
V. La guerra y la imaginación (31 de marzo de 2009) 41
VI. El Estado sin entrañas (4 de enero de 2011) 51
VII. Radiografías violentas (4 de mayo de 2009) 61
VIII. Lo que une la sangre (abril de 2010) 65
IX. Los invisibles (12 de abril de 2011) 71
X. ¿Qué país es éste, Agripina? (23 de marzo de 2010) 75
XI. Yo también sé de lo que se desvanece (6 de septiembre
de 2011) 79
Bajo el cielo del narco
XII. Horrorismo 85
XIII. La guerra que perdimos (13 de abril de 2010) 89
XIV. Las neo-Camelias (11 de agosto de 2009) 99
XV. El secuestro (5 de octubre de 2010) 103
XVI. Luz María Dávila (14 de septiembre de 2010) 107
XVII. Una red de agujeros (31 de agosto de 2010) 115
XVIII. Bajo el cielo del Narco (4 de agosto de 2009) 119
Escrituras dolientes Introducción
XIX. Duelo (5 de abril de 2011) 125 Como quien se guarece:
XX. La escritura doliente (9 de febrero de 2010) 129 Horror, estado y dolor en el México de inicios
XXI. Escribir contra la guerra (5 de julio de 2011) 135 del siglo xxi
XXII. Seguir escribiendo (junio de 2011) 139
Epílogo 145
Bibliografía 171 El 14 de septiembre del 2011, despertamos de nueva
cuenta con la imagen de dos cuerpos colgando de un
puente. Un hombre; una mujer. Él, atado de las manos.
Ella, atada de muñecas y tobillos. Justo como en otras
tantas ocasiones, y como también lo notaron con cierto
pudor en las notas del periódico, los cuerpos mostraban
huellas de tortura. Del abdomen de la mujer, abierto en
tres puntos distintos, brotaban las entrañas.
Es difícil, por supuesto, escribir de estas cosas. Es más,
acciones como la descrita anteriormente son llevadas a
cabo, de hecho, para que no se pueda hablar de ellas. Su
fin último es causar la parálisis básica del horror —esa
ofensa que se ejerce no sólo contra la vida humana sino
también, acaso sobre todo, contra la condición huma-
na.
El terror, nos recuerda Adriana Caverero en Horro-
rismo: Nombrando la violencia contemporánea, un libro
indispensable para pensar, si entender fuera imposible,
la violencia contemporánea, surge cuando el cuerpo
tiembla y huye para conservar su vida. El aterrorizado
teme y, por encontrarse dentro de la esfera del miedo,
busca una salida. El horror, cuyas raíces latinas nos
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remiten al verbo horreo, está más allá del miedo que con perseguidos; los cuerpos ya sin aire; los cuerpos sin voz.
tanta frecuencia alerta contra el peligro o conmina por Esto es el horror, en efecto. Esto es la versión actual de
lo mismo a trascenderlo. Frente a la cabeza de Medusa un tipo de horror moderno que igual ha enseñado su
que es todo cuerpo despedazado hasta más allá del re- cara más atroz en Armenia, en Auschwitz, en Kosovo.
conocimiento humano, el que se horroriza separa los la- En el caso de México de fines del xix e inicios del xxi
bios e, incapaz de pronunciar palabra alguna, incapaz de el horror va íntimamente ligado al retroceso del Estado
articular lingüísticamente la desarticulación que llena la en materia de bienestar y protección social y, consecuen-
mirada, muerde, así, el aire. El horror vive de y en la re- temente, al surgimiento de un feroz grupo de empresa-
pugnancia, asegura Caverero. Arrebatados de su agencia rios del capitalismo global a los que se les denomina de
a través del estupor y la inmovilidad, engarrotados en manera genérica como el Narco. Se trata, pues, del horror
un juego de las estatuas de marfil perpetuo, los horro- de un Estado que, en pleno retroceso ante los intereses
rizados miran y, aún mirando fijamente o precisamente económicos de la globalización, no ha hecho más que
por mirar fijamente, no pueden hacer nada. Más que repetir una y otra vez aquel famoso gesto de un traidor:
vulnerables —una condición que compartimos todos lavarse las manos. Así es, desde la época de las reformas
como parte de la condición humana— desarmados. Más salinistas de 1989, y siempre violentando acuerdos cen-
que frágiles, inermes. Por eso el horror es, sobre todo, un trales que la sociedad mexicana había alcanzado luego
espectáculo —el espectáculo más extremo del poder. de más de una década de lucha en la así llamada era de
Lo que los mexicanos de inicios del siglo xxi hemos la revolución mexicana, el Estado neoliberal mexicano
sido obligados a ver —ya en las calles, en los puentes le ha dado la espalda a sus compromisos y a sus respon-
peatonales, en la televisión o en los periódicos— es, sin sabilidades, rindiéndose ante la lógica implacable, la ló-
duda, uno de los espectáculos más escalofriantes del gica literalmente letal, de la ganancia. A ese Estado que
horrorismo contemporáneo. Los cuerpos abiertos en ca- rescinde su relación con el cuidado del cuerpo de sus
nal, vueltos pedazos irreconocibles sobre las calles. Los constituyentes le he llamado en estos ensayos un Estado
cuerpos extraídos en estado de putrefacción de cientos y sin entrañas.
cientos de fosas. Los cuerpos arrojados desde camione- El Estado es, sin embargo, un verbo y no un sustanti-
tas de redilas sobre avenidas transitadas. Los cuerpos vo; el Estado, como el capital, es una relación. Cuando,
chamuscados en piras enormes. Los cuerpos sin manos de manera unilateral, el Estado mexicano, administrado
o sin orejas o sin narices. Los cuerpos invisibles, incapa- por una enérgica generación de tecnócratas convenci-
ces ya de reclamar sus maletas en las estaciones de au- da de la primacía de la ganancia sobre la vida, se sus-
tobuses a donde sí llegan sus pertenencias. Los cuerpos trajo de la relación de protección y cuidado para y con
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los cuerpos de sus ciudadanos, entonces se produjo la son los muy diversos integrantes de ese amorfo grupo
intemperie. Justo ahí, en el escenario de esa intemperie denominado como el Narco. Producto en algunos casos
atroz, es que los cuerpos de sus ciudadanos además de de las desigualdades y jerarquías de una sociedad con
vulnerables —que es parte de una condición humana—, un Estado en franco retroceso, el Narco llevó a cabo por
se volvieron inermes —que es una circunstancia genera- decenios enteros una estratégica y exitosa labor que lo
da artificialmente por las formas de violencia unilateral validó como una entidad necesaria al Estado. Tanto la
producida por la tortura. En su indiferencia y descuido, corrupción estatal como las atroces ejecuciones que se
en su noción instrumental de lo político e incluso de han convertido en su sello identitario han ido demos-
lo público, el Estado sin entrañas produjo así el cuerpo trando lo que no era tan difícil ocultar desde el inicio:
desentrañado: esos pedazos de torsos, esas piernas y esos los narcotraficantes son empresarios dispuestos a llegar
pies, ese interior que se vuelve exterior, colgando. hasta las últimas consecuencias —consecuencias que
En un lúcido ensayo sobre lo que está mal en el mun- se encuentran con frecuencia en la intemperie donde
do de hoy, el humanista Tony Judt equiparó el nivel de termina la condición humana— con tal de asegurar, y
agresión y descuido que sufren los ciudadanos en socie- sobre todo aumentar, su ganancia.
dades donde el Estado es totalitario con las sociedades Mientras los narcotraficantes consiguen a través de la
donde la carencia de Estado invita a la impunidad y a la violencia unilateral y espectacular de la tortura lo que las
violencia. Este último es, sin duda, el caso de México. El maquilas y otras cadenas de trasnacionales intentaron a
día que el representante del Ejecutivo emitió, en un tono lo largo del último tercio del siglo xx, esto es, reducir al
cínico que aún ahora ocasiona escalofrío, la frase “¿y a mí cuerpo a su condición más básica como productor de
qué?” cuando se le pedía su intervención en materias de plusvalía, los mexicanos nos hemos vistos forzados a
bienestar social, ese día se sentaron las bases culturales y ser testigos de los hechos. Boquiabiertos, con los vellos
políticas, sintácticas y contextuales, de nuestra peculiar erizados sobre la piel de gallina, fríos como estatuas,
forma de horrorismo. paralizados realmente, muchos no hemos hecho más
A un Estado Pilatos que ha asumido como propia que lo que se hace frente al horror: abrir la boca y mor-
la lógica de la ganancia, se le unieron, con frecuencia der el aire. Como bien lo recuerda Cavarero, ya Primo
de manera orgánica cuando no filial, ese otro grupo de Levi aseguraba que los testigos integrales, aquellos que
feroces empresarios de la primera globalización posmo- han regresado vivos de su contacto con el horror, son
derna (si tomamos en cuenta que, como argumentaba usualmente incapaces de articular su experiencia de los
Eduardo Grüner en El fin de las pequeñas historias, la hechos. Insisto: eso y no otra cosa es el horror. Para eso
gran globalización moderna dio inicio en 1492) que existe. Ésa es su raíz. Del otro lado, sin embargo, justo en
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su otro extremo, está el dolor —las múltiples maneras servación del poder, activen más bien el potencial crítico
en que el dolor nos permite articular una experiencia y utópico del lenguaje. Dolerse como quien se guarece
inenarrable como una crítica intrínseca contra las con- de la intemperie. Dolerse, que siempre es escribir de otra
diciones que lo hicieron posible en primera instancia. manera.
Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los Además de dolerme, yo no sé qué hacer. Todavía no
hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e in- sé con quién unirme, dónde verme, sobre qué hombro
cluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, llorar. Sé que el dolor encuentra con frecuencia sus pro-
abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del pios aliados —y una larga tradición religiosa, alejada de
dolor. las instituciones más rancias del catolicismo conserva-
De ahí la importancia de dolerse. De la necesidad dor, atestigua en nuestra historia algunos de los usos
política de decir tú me dueles y de recorrer mi historia más políticamente efectivos del sufrimiento social. Re-
contigo, que eres mi país, desde la perspectiva única, cuérdese, entre otros casos, el de nuestro movimiento
aunque generalizada, de los que nos dolemos. De ahí la independentista, al menos el primero, el que todavía fue
urgencia estética de decir, en el más básico y también capaz de aglutinar el apoyo popular. Recuérdese, entre
en el más desencajado de los lenguajes, esto me duele. tantos otros ejemplos, el de Tomochic y la Santa Niña
Porque Edmond Jabès tenía razón cuando criticaba el de Cabora. Recuérdense, en fin, tantas cosas. Lo único
dictum de Adorno: no se trata de que después del horror cierto es que, luego de la parálisis de mi primer contac-
no debamos o no podamos hacer poesía. Se trata de que, to con el horror, opto por la palabra. Quiero, de hecho,
mientras somos testigos integrales del horror, hagamos dolerme. Quiero pensar con el dolor, y con el dolor
poesía de otra manera. Se trata de que, mientras otros abrazarlo muy dentro, regresarlo al corazón palpitante
tantos con nosotros demandemos la restitución de un con el que todavía tiembla este país. Frente a la cabeza
Estado con entrañas —el mismo objetivo tenían, por de Medusa, justo ahí porque es ahí donde el riesgo de
cierto, las Madres de la Plaza de Mayo ante las atrocida- convertirse en piedra es más verdadero, justo ahí decir:
des de la Junta Militar en Argentina, y el movimiento de aquí, tú, nosotros, nos dolemos.
las Arpilleras en Chile cuando trataban de contradecir Si la política, como argumentaba Jacques Rancière en
el horror de Pinochet, entre otros tantos movimientos El espectador emancipado, “consiste ante todo en cam-
generados por grupos alternativos de la sociedad— po- biar los lugares y la cuenta de los cuerpos”, si la política
damos articular la desarticulación muda con que nos “es la práctica que rompe con ese orden de la policía que
atosiga el estado espeluznante de las cosas a través de anticipa las relaciones de poder en la evidencia misma
estrategias escriturales que, en lugar de promover la pre- de los datos sensibles”, entonces estos textos doloridos,
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estos textos dolientes, son más que un mero intento de abc, localizada en Hermosillo, Sonora. Tiempo después,
empatía con las víctimas. Son, si son algo, un ejercicio ese mismo muchacho que atravesó una ventana como si
de disenso a través del cual tendría que ser posible po- fuera una puerta, me pidió algo imposible —que es lo
ner en juego una vez más, y de otra manera, “lo que es único que vale la pena pedir. Saúl Hernández, que ése
percibido, pensable y factible”. Estos textos, quiero decir, es su nombre, me pidió que articulara en un libro mis
son política. No piden conmiseración; no están sujetos ideas sobre la situación del México actual. No quería a la
al mercado de la lástima. No tratan ni de tomar la voz ni historiadora; tampoco a la escritora. Saúl quería a la ciu-
de dar voz a las múltiples voces que existen, de hecho, dadana que es a la vez, que no puede dejar de ser, ni una
por sí mismas. Al contrario. Más bien, en su afán de ope- historiadora, ni una escritora, ni una madre, ni una hija,
rar en disenso de un discurso bélico que antepone a la ni una mujer de luto. Me tomó sólo un par de minutos
violencia de los empresarios globalizadores la violencia entender que ése y no otro sería mi siguiente libro. Lo
del Estado, estos textos implican al dolor, especialmente imposible es a veces así. Retomé cosas que había escrito
al dolor del cuerpo desentrañado, para participar de la y publicado, así como textos que se quedaron sin ver la
reconfiguración de “lo visible, lo decible, lo pensable; y, luz del día. Incluí poemas y crónicas y ensayos persona-
por eso mismo, un paisaje nuevo de lo posible”. les. No respeté un orden cronológico, pero puse bastante
atención a su orden de aparición. Su diálogo interno. Su
Un día, una tarde nublada de marzo para ser más exac- derivación. Todavía convencida de que el libro debe ser
tos, yo estaba en un salón de clase rodeado de ventanas. una experiencia táctil, como lo quería Mark Rothko de
A través de una de ellas, de manera por demás sorpresi- toda práctica plástica, quise que aquí entrara el aire. El
va, entró alguien. Era un muchacho. Dijo que venía de aire del presente. En efecto, esto no se acaba sino hasta
Oaxaca y que quería saludarme. Creo recordar que ese que se acaba. Y sí, algo huele mal en Dinamarca. Aquí.
muchacho se quedó a la sesión en que discutíamos algu- Frente a Medusa, que también es una cabeza separa-
nos asuntos relacionados con los métodos de la poesía da de su cuerpo; frente a Medusa que también es una
documental, esa práctica de la escritura que incorpora mujer decapitada, evado el espejo, que es otra manera
y subvierte, que abraza y testerea el lenguaje público de evadir a la piedra, y acepto las consecuencias, todas
de los desposeídos y los sufrientes. Los que formamos humanas y todas últimas, de las palabras. Estas son
parte de aquel taller terminamos produciendo un blog mis oraciones.
con textos a su vez configurados a partir de las palabras
enunciadas en diversos medios por los padres y madres
de los 49 niños masacrados por el fuego en la Guardería
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