Table Of ContentPONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
Facultad de Ciencias Sociales - Departamento de Antropología
VIVIENDO A LA ORDEN:
Una mirada a la experiencia del servicio doméstico interno en Bogotá
Trabajo de Grado
Estudiante
Denise Ganitsky Baptiste
Tutor
Héctor García Botero
Septiembre 2011
Para Jos
TABLA DE CONTENIDO
Agradecimientos…………………………………………………………………….… 1
Introducción ………………………..…………..………………………………………2
Mi relación con el servicio doméstico …………………………………………….. 2
¿Qué se ha dicho sobre el servicio doméstico? ……………………………………. 4
Pertinencia, intenciones y aclaraciones………….…………………………………….. 7
Cuestiones metodológicas ……………………………………………………………... 9
Capítulo 1. Cada cual en su lugar: Legitimación y pena …………. 15
1.1 Una preocupación que no es de ellas ………………………………………... 15
1.2 ¿Cómo hijas? Asimetría, distancia y despersonalización…………………….…… 18
1.3 Respetando lo de ellos: naturalización y pena……………………………...…….. 22
1.4 Entre el reconocimiento y la distancia ………………………….………………… 33
Capítulo dos. Choques entre el escenario y los bastidores: deslegitimación y
malgenio ………………..………………………………………………………….… 39
2.1 Las tareas y el todo uno……………………………………………….................... 40
2.2 El maltrato ………………………………….…………………………………. 51
2.3 Importancia de quejas y malgenio ……………………………............................... 55
Capítulo 3. No hay que dejársela montar: la subordinación activa ……………. 59
3.1 La necesidad tiene cara de perro: sintiéndose dependiente y desechable... 60
3.2 De frente ……………………………………………….......................................... 62
3.3 A escondidas …………………………….…………………………………….….. 67
3.4 El parque como escenario de interacción …………………………...…...……..… 76
Reflexiones finales ……………………………………………………………............ 79
Bibliografía ………………………………………………….……………………..... 86
Pontificia Universidad Javeriana
Departamento Antropología
Viviendo a la orden: una mirada a la experiencia del servicio doméstico interno en Bogotá
Denise Ganitsky
AGRADECIMIENTOS
En primer lugar, habría que agradecerle a las mujeres de Rosales. Gracias por
permitir que una desconocida apareciera repentinamente para entrar al “parche” y estar
presente día tras día haciéndoles preguntas fastidiosas y sin sentido. Gracias por confiar en
mí (¡a pesar de los chismes de que era apartamentera!). Gracias por burlarse de mí, por
llamarme a saludar, por tenderme invitaciones y aceptar las que yo les tiendo.
Es fundamental agradecerle a mi familia, quien como víctima directa de mi proyecto
de grado, sufrió los efectos y las consecuencias de mis reflexiones. Gracias por todo el
apoyo y por tomarse enserio mis preocupaciones.
Gracias a Héctor y a su familia quienes cada 15 días permitieron que sobre la mesa
de su comedor depositara y ordenara mis inquietudes. Muchas gracias a mis compañeros,
profesores, familiares y amigos quienes por medio de un correo, en una oficina, en un
salón de clase, caminando por las calles de la ciudad, sentados en una pizzería, una
cafetería, frente a una chimenea o en una cocina mostraron interés por mi tema y aportaron
comentarios, reflexiones y experiencias personales. Gracias a quienes leyeron el texto una o
varias veces, por su tiempo, sus críticas, las sugerencias y los comentarios. Gracias a
Kenita quien estuvo, durante todo el proceso de lectura y escritura, literalmente a mi lado.
Y sobre todo, gracias a Jos y a Marina quienes se ocuparon de mi reproducción diaria para
que me pudiera dedicar a asuntos más ociosos, como la realización de esta monografía.
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Viviendo a la orden: una mirada a la experiencia del servicio doméstico interno en Bogotá
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INTRODUCCIÓN
Mi relación con el servicio doméstico
Este trabajo se ocupa de la experiencia de las mujeres que se dedican al servicio
doméstico interno en relación a la situación de subordinación en la cual viven inmersas. Mi
interés por el servicio doméstico es una preocupación personal antes que una preocupación
académica, ya que a lo largo de mi vida el servicio doméstico ha sido una institución tanto
cercana como central. En mi experiencia, el servicio doméstico lleva un nombre propio:
Josefina.
Maria Josefa Tovar Jaramillo nació en La Peña Cundinamarca en 1946. Sus padres
le habrían querido poner Josefina, pero el cura no lo permitió (ya había bautizado a muchas
niñas con ese nombre por esos días) y la bautizó, en vez, Maria Josefa - un nombre que en
la práctica no utilizaría. Recuerda que cuando era pequeña todas las casas de su pueblo eran
pintadas de azul y el rojo era color vetado. Tan así que una vez que Jos se encontraba
sentada en la orilla de un río lavando ropa en compañía de su muñeca, su hermano mayor la
cogió (a la muñeca) y la botó por el río a causa de su vestido rojo; “por liberal”, como él le
diría.
Cuando aún no tenía cuatro años sus padres la llevaron a Chiquinquirá a pedirle a la
Virgen que le mejorara su salud. Pasaron por Bogotá donde visitaron a Eloisa, una hermana
mayor, y la patrona de ésta le insistió a los padres de ambas que dejaran a Josefa allí hasta
que se curara. Una vez sana, Jos se quedaría en Bogotá. Inicialmente la pusieron a estudiar,
pero, como dice ella, era muy indisciplinada y no quiso hacerlo. Prefería quedarse lavando
ropa, jugando con muñecos, jugando con los hijitos de la patrona. Por eso ella siempre dice
dos cosas. La primer es: “yo nunca quise estudiar, y por eso es que yo estoy donde estoy”;
la segunda, “es que yo me crié entre la high”. Con el transcurrir de los años, pasaría por
muchos empleadores, muchas amistades, unos cuantos novios y una que otra propuesta
matrimonial. Pero ella nunca se quiso casar. Para qué, si le tocaría hacer lo mismo que hace
en su trabajo: lavar, planchar, cocinar y cuidar niños, sólo que de casarse, a diferencia de
que si trabajaba, nadie le pagaría por ello.
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Cuando Josefina tenía 36 años, llegó a trabajar a mi casa. Ella cuenta que nunca
duraba más de unos años en ninguna casa, se aburría y se iba (pese a las súplicas de los
empleadores), pero acá, le cogió cariño a mi hermana Karen (que a la llegada de Josefina
tenía dos años) y se quedó. Años después nacimos Tania y yo, y treintaydos años después
de su llegada, seguía Jose acá. No fue sino hasta hace muy poco que, con la llegada de su
pensión, buscó otro lugar para vivir (en palabras de ella, “papá seguro fue quien me terminó
echando”).
Josefina es una figura central en mi vida. De chiquita me enseñaba a pelar papas y
zanahorias mientras yo le enseñaba a escribir. Me acompañaba a esperar el bus del colegio
cuando mi madre salía muy temprano y me recogía en el mismo lugar por las tardes cuando
llegaba dormida. A veces poníamos colchonetas y dormíamos en su cuarto y otras veces
jugábamos fútbol en la cocina. Hoy, sigue pendiente de qué he comido, de quiénes son mis
amistades y de con quién ando (afirmando quién le cae bien, quién no y quién le parece
“buen partido”).
Pero en medio de la cercanía, el cariño y el compartir, la convivencia con ella
también estuvo atravesada por distancias, límites e inclusive violencias. De chiquita mi
madre me mandaba a comer a la cocina, donde comía ella, cuando me portaba mal en la
mesa del comedor. Cuando salíamos de vacaciones o a celebrar la navidad, por lo general
nunca iba con nosotros. Y recuerdo con remordimiento que alguna vez, yo tendría unos 10
años, disgustada por alguna razón con Josefina exclamé -sabiendo, desde tan joven edad,
que estaba mal decirlo pero que lo podía hacer-: “igual ella qué sabe. Ella sólo es una
empleada”. Mi hermana Tania me reprochó “¡Denise!” Y Josefina me defendió ante Tania
“Déjela... tranquila mami”.
La figura de la empleada doméstica, figura tanto cercana como distante, cariñosa
como violentada, siempre estuve presente en mi vida y se había vuelto algo absolutamente
“natural”. De hecho, no fue sino hasta hace muy poco que alcancé a sentir repentinamente
una especie de extrañamiento frente a ella. Un día, sentada en la cocina escuchando a
Josefina narrarme historias de su infancia, de cuando comenzó a vivir en Bogotá, me hice la
pregunta “¿cómo será vivir toda la vida, 62 de los 66 años, en casas que nunca son la casa
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de uno? ¿Vivir siempre como empleada?” Y fue así que llegué a mi trabajo de grado.
¿Qué se ha dicho sobre el servicio doméstico?
Lo primero que habría que señalar es que el servicio doméstico es un trabajo
feminizado que responde a la división sexual del trabajo el cual, al relacionar a la mujer con
el cuidado y con la naturaleza, relega a la mujer a la esfera privada, doméstica y al trabajo
reproductivo (ver Cepeda, 2011). Si bien el trabajo reproductivo siempre ha existido, es con
el surgimiento del capitalismo que el servicio doméstico aparece, junto a otros oficios como
la sombrerería y la modistería, como una vía aceptada públicamente para que las mujeres
ingresaran a la fuerza de trabajo (Hall, 1989). En América Latina, el servicio doméstico
remunerado apareció por primera vez con la llegada de los españoles quienes emplearon
principalmente mujeres indígenas, mujeres emigrantes de España y mujeres negras que
habían logrado su libertad para tal trabajo. Este elemento es crucial para la actualidad ya
que desde entonces, el servicio doméstico en América Latina estaría construido a partir de
una diferenciación étnica y de clase (Kuznesof, 1993: 25-29).
Para comprender el servicio doméstico es importante tener presente que sólo son
ciertas personas, ciertas mujeres, quienes se dedican a él: “es principalmente un trabajo
para las más jóvenes, las más viejas, las migrantes recién llegadas, las de más baja
preparación profesional entre las mujeres pobres, o sea para las mujeres con menor
posibilidad de competir en un mercado de trabajo de rígida estructura al nivel del sector
formal” (García Castro, 1993: 113). En otras palabras, es un trabajo para aquellas mujeres
marcadas justamente por etnia, raza y sobre todo clase que no tienen mayores opciones
laborales (Chaney et al., 2003). Este carácter interseccional del trabajo doméstico (ver
Cepeda, 2011) es fundamental para entenderlo ya que trabajar en el servicio doméstico no
es sólo ocuparse de ciertas tareas (lavar la loza y la ropa, cocinar, planchar, etc.), sino que
es, también, reproducir una ideología según la cual hay ciertas clases “naturalmente”
superiores a otras, las cuales deben “naturalmente” ocuparse del trabajo físico y sucio que
los primeros han rechazado (Rollins, 1985:203). En palabras de Anderson (2000: 21): “en
definitiva, el trabajo doméstico no se puede definir en términos de tareas sino en términos
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de un papel que construye y sitúa a la trabajadora dentro de las relaciones sociales. Ella
afirma el estatus de un hogar y, particularmente, afirma el estatus de las mujeres de ese
hogar”.1 El sólo hecho de contratar una empleada doméstica rebaja el estatus del trabajo
que ésta debe realizar (Anderson, 2000). Al relegarle ciertas tareas a ella, lo que la
empleadora afirma es que es un trabajo indeseable, que rechaza en nombre de otras cosas -
mejores- que prefiere hacer: dedicarse a un trabajo de mayor valoración que recibe mayor
sueldo; dedicarse al ocio, a jugar con los niños, a salir con su esposo etc. Así entonces, la
presencia de la empleada doméstica afirma el estatus no sólo del hogar (que gracias al
trabajo de la empleada cumple con ciertos estándares sociales) y de la familia (de cuyo
poder adquisitivo la empleada es indicador), sino que, sobre todo, la presencia de la
empleada doméstica afirma el estatus de las mujeres de ese hogar. En tanto las mujeres de
la clase empleadora pueden rechazar el trabajo que la división sexual del trabajo les asigna
(trabajo “no-productivo”, trabajo sucio, trabajo físico y corporal) y relegárselo a otras -
mujeres inferiores (por)que no lo pueden rechazar- las mujeres de la clase empleadora
quedan eximidas de realizar ese trabajo y se pueden afirmar como mujeres delicadas,
limpias y morales. En pocas palabras: debido a que una es empleada, la otra puede ser
señora (Anderson, 2000).
Actualmente en Bogotá, el 15% de las mujeres laboralmente activas se dedican al
servicio doméstico; son migrantes provenientes de otras partes del país y tienen en
promedio siete años de escolaridad (Cárdenas y Harcker, 2006). La mayoría de las mujeres
que se dedican actualmente al servicio doméstico en Bogotá trabajan “por días”, pero un
tercio del total de las empleadas domésticas trabaja como “internas”, lo que quiere decir
que duermen y habitan en el hogar donde trabajan. Al vivir en el lugar de trabajo, la
situación de las internas resulta bastante particular, pues “la vida personal está imbuida en
una situación de trabajo, el horario está fuera de su control y el casarse y tener hijos es
imposible” (Kuznesof, 1993: 37). Efectivamente, según el estudio de Cárdenas y Harcker
(2006), la gran mayoría de las empleadas internas trabajan “más de la cuenta” (más de 40
horas semanales) y son solteras. Revisando un escenario similar entre mujeres filipinas que
1 Todas las traducciones cuyo texto revisado está en inglés fueron realizadas por mí.
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migran a Vancouver para trabajar en el servicio doméstico interno, Pratt (2004) identifica
ciertas tensiones entre el servicio doméstico y la democracia liberal moderna sosteniendo
que a las trabajadoras domésticas migrantes (quienes trabajan como internas) se les niegan
en la práctica ciertos derechos básicos: su derecho a la familia, a la privacidad, a la
movilidad social y económica y a la integridad corporal y llama a las mujeres que migran
para ser empleadas internas, “esclavas modernas”(Pratt, 2004: 94).
Es en tanto que las mujeres que trabajan como empleadas internas no tienen control
sobre su horario o su vida familiar, entre otros, que considero y tomo como punto de partida
que viven en una situación de subordinación. Ellas viven enmarcadas en un contrato laboral
en el cual han vendido su fuerza de trabajo a otro de modo que pueden ser siempre, y en
cualquier momento, comandadas. Si uno se imaginara vivir en su lugar de trabajo en
presencia constante de su jefe, podría comprender a qué me refiero con que viven en un
estado subordinado. Pero a este escenario imaginario hay que añadirle otro elemento: uno
no es de la misma clase, raza y/o etnia del jefe. Uno lleva unas marcas identitarias que lo
sitúan en una posición inferior con respecto a él, y la relación con éste está siempre
atravesada por esas diferencias.
Tradicionalmente, la academia se ha olvidado -o se ha desentendido- del estudio del
servicio doméstico (Lautier, 2003). Los pocos estudios que se se han dedicado al fenómeno
comienzan en la década de los 80 y tienen principal auge después del 2000.
Primordialmente, los estudios se han hecho en Estados Unidos, Canadá, Asia y Europa
analizando los flujos de migración y de explotación de mano de obra femenina entre países
del “primer” y el “tercer mundo” (p. ej. Anderson, 2000; Ehnreich y Hochschid, 2003;
Lutz, 2002; Mattingly, 2001; Rijman, 2003; Pratt, 2004). En la mayoría de estos estudios, la
relación con el estado receptor y el estatus de migrante legal, ilegal o ciudadano cobra
centralidad y en algunos casos se enfatizan las diferencias raciales, étnicas y de clase entre
empleadores y empleada y las relaciones entre ambas partes de la relación (p. ej. Rollins,
1985; Trandberg, 1990; Lan, 2003; Dickey, 2000; Constable, 2002).
Para el caso de América Latina, los estudios sobre el tema son aún escasos. La
compilación de Chaney y García-Castro en 1988 (traducida al español en 1993) bajo el
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título Muchacha, Cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta y… más nada:
Trabajadoras del hogar en América Latina y el Caribe es un libro emblemático por ser una
primera compilación de estudios sobre este tema en la región. El libro rastrea la institución
en el continente desde sus inicios y da cuenta de la situación contemporánea en distintos
países, basándose en estudios demográficos y cuantitativos que dan cuenta de las
características generales del fenómeno (cuántas mujeres se dedican a él, de qué edades, de
qué procedencia, cuál es su sueldo, etc.). Además de los estudios sobre la situación
colombiana que se encuentran dentro de esta compilación, hay otros pocos que abordan lo
mismo y que son, estos sí, de carácter más bien cualitativo. Rubbo y Taussig (1983) revisan
cuáles son las fuerzas sociales que llevan a las mujeres a migrar, a permanecer en este
trabajo y cuál es el papel que juega el servicio doméstico en la sociedad. Obello Rovai
(2007), por su parte, también revisa las fuerzas que llevan a que las mujeres migren a la
ciudad para ingresar al servicio doméstico y estudia cómo éstas se insertan en unas
dinámicas espaciales particulares de la ciudad, apropiándose de ella. Finalmente, Cepeda
(2011) estudia el servicio doméstico no tanto como una labor, sino como un campo social
en el sentido de la teoría desarrollada por Pierre Bourdieu.
Pertinencia, intenciones y aclaraciones
Tanto en los estudios que han tenido lugar en el exterior como en aquellos que se
han realizado en Colombia, la mirada geopolítica, que enfatiza las migraciones y las fuerzas
estructurales desiguales que subyacen el servicio doméstico, ha sido predominante. En
algunos casos se pueden encontrar unos estudios que tienen una mirada más “micro” y que
revisan las dinámicas propias del servicio doméstico en el hogar (p. ej. Rollins, 1985;
Cepeda, 2011; Lan, 2003; Dickey, 2000; Constable, 2002; Transberg, 1990). Sin embargo,
en ningún caso, encontramos un estudio que revise cómo las mujeres que se dedican al
servicio doméstico interno experimentan en el día a día la subordinación en la cual viven
inmersas. Este objetivo es importante porque permitirá entender cuáles son los principales
conflictos que se presentan dentro del servicio doméstico interno -pregunta necesaria para
pensar cómo podría ser, si es que es posible, una forma “correcta” de éste. Y preguntarse
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Description:Efectivamente, según el estudio de Cárdenas y Harcker. (2006), la gran mayoría de las empleadas internas trabajan “más de la cuenta” (más de 40.