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Aprender a escuchar
Aquilino Polaino-Lorente
Catedrático de Psicopatología
Director del Departamento de Psicología
Universidad San Pablo-CEU
Planeta Testimonio. Barcelona, 2008, 346 págs.
ISBN: 978-84-08-08204-0.
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Índice
Prólogo (Cristina López Schlichting)
Introducción
1. Hablar y sentirse escuchado
La necesidad de hablar y sentirse escuchado
La persona como el ser que a sí mismo se encuentra en el diálogo
El monólogo del desencuentro
Aprender a hablar
La motivación, la escucha y el aprendizaje
La acción de escuchar
Las raíces de la acción de escuchar: racionalidad, voluntad y empatía
Escucha, identidad y sentido
2. ¿Qué se entiende por escuchar?
Escuchar
La escucha y el reflejo de orientación
La acción de atender y la corporalidad
Actitudes y comportamientos en la acción de escuchar
La vital necesidad del diálogo
Autosuficiencia, dependencia y capacidad de escuchar
La persona como ser descentrado
‘No…, nada’
Cómo descubrir si nos escuchan o no
3. Otras características que definen la acción de escuchar
¿Sabemos escuchar?: Doce sugerencias para conocerse mejor
La apertura
Temporalidad y oportunidad
Empatía
Idoneidad de las personas para el encuentro donde emerge la escucha
‘Lo que tú tienes que hacer...’
No ser un iluminado ni desear serlo
La necesidad de preguntar para que surja la claridad
Atravesar la confusión
Reconocer que no se tiene respuesta para todo
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4. Lo que no es escuchar. Algunos de los errores más frecuentes
‘Aquí se escucha. Hablé usted y se sentirá escuchado’
La burbuja del ruido
¿Se puede escuchar y tener prisa?
La comunicación formal estereotipada
Sesgos, prejuicios y multiculturalismo
La comunicación no comprometida
La ausencia de sintonía en la vida del diálogo
De la aplicación de la normativa vigente y las soluciones prefabricadas
La incapacidad para el asombro
La rigidez
El desencuentro
El todo y la parte
El síndrome de la cabeza habitada
5. Algunos errores del hablante que dificultan la escucha
¿Somos buenos comunicadores?
La adaptación de la palabra a quien escucha
‘¿Usted sabe con quién está hablando?’
El egotismo del hablante
El que se escucha a sí mismo cuando habla
¿Escuchar o combatir?
El pelmazo
¿Escucharse o combatirse?
La ausencia de respuesta de orientación
El devorador de intimidades ajenas
El cinismo indiferente
Hablar sólo de los propios intereses y proyectos
De la hipócrita diplomacia a la sobrestimación farisaica
La exigencia autoritaria
Las preguntas en el contexto de las conferencias
La palabra y el cansancio intelectual
6. ¿Sabemos escuchar?
El ejemplo de un diálogo frecuente
Cómo evaluar si sabemos o no escuchar
Cuestionario para la evaluación de las habilidades para escuchar
¿Sabe escuchar a su pareja?
Cuestionario para evaluar la escucha en la pareja
¿Saben escucharse padres e hijos?
Cuestionario para evaluar la capacidad de escuchar de los padres
¿Saben escuchar los alumnos?
Cuestionario para evaluar la capacidad de escuchar de los alumnos
Cuestionario de autoevaluación de los profesores en la capacidad de suscitar la escucha
de sus alumnos
¿Sabe escuchar a otras personas?
¿Saben escuchar el médico y el enfermo?
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La escucha de la propia conciencia
¿Saben escuchar los empresarios y los políticos?
La escucha en la pastoral del acompañamiento
El poder de escuchar
7. Aprender a escuchar
Los españoles, ¿animales visuales?
Motivaciones para aprender a escuchar
Sea amable antes de escuchar
Sabotajes a la acción de escuchar
Cómo aprender a escuchar a los hijos
Cómo enseñar a los hijos a escuchar
Para comprender al adolescente
Para que profesores y padres se escuchen
Escuchar al narrador de historias
La escucha y sus efectos terapéuticos
8. El silencio y la escucha
La relevancia de lo, en apariencia, irrelevante
Elocuencia del silencio
La aceptación silenciosa: muda, pero no sorda
Aprender a escuchar el silencio
La educación en los sentimientos y las preguntas de los niños
El silencio en la pareja
La imposibilidad de escuchar
Los efectos de sentirse escuchado
9. Para aprender a escuchar la trascendencia
Medios de expresión y formas de comunicación
La persona y la palabra
La responsabilidad de escuchar
El silencio del hombre
El silencio de Dios
¿Sabemos escuchar a Dios?
Escuchar la trascendencia en el silencio
El arte de ayudar a los demás
10. Por una cultura de la confianza
¿Motivos para la desconfianza?
La escucha es contraria a la violencia
En busca de razones para confiar
Por una cultura de la confianza
Bibliografía
Aprender a escuchar
Aquilino Polaino-Lorente
Catedrático de Psicopatología. Facultad de Medicina.
Universidad CEU-San Pablo
A mis pacientes, durante los últimos
cuarenta años, con quienes he llenado
mi vida en la apasionante tarea de
escucharles, intentar comprenderles
y, en lo posible, ayudarles. Con mi
agradecimiento por lo mucho que me
han enseñado.
Planeta Testimonio. Barcelona, 2008, 346 págs.
ISBN: 978-84-08-08204-0.
APRENDER A ESCUCHAR
Aquilino Polaino-Lorente
PRÓLOGO
Desde que soy periodista sé que Aquilino Polaino es una eminencia, su
carrera ya era un éxito internacional cuando me asomé a la profesión con
21 años. Sin embargo, tardaría casi veinte más en conocerlo personalmente.
Entretanto recibí todo tipo de mensajes sobre él, incluidos los que lo
describían como un ser engreído, distante y severo. Por eso me sorprendí
tanto cuando comenzamos a trabajar juntos. Lo había contratado para llevar
un consultorio de familia y educación en mi programa de Cope y pasé un
par de años divertidísimos descubriendo a una persona dulce, tierna y
tímida. Hace bien Aquilino en publicar este libro porque si algo sabe es
escuchar. Cientos de oyentes han visto delicadamente recogidas sus
preguntas y respondidas sus inquietudes con acierto en un juego semanal al
que yo asistía fascinada y en el que él demostraba siempre precisión, finura
y una comprensión infinita. Nada escandaliza a Aquilino, ninguna miseria
humana, y a la vez nada deja de parecerle crucial y digno de atención. Por
eso no deja de ser una prueba de la monstruosidad de la actual sociedad de
masas el que haya quien tenga de este catedrático de Psicopatología la
imagen de un torquemada. Aunque, bien mirado, hay veces en que
Aquilino se convierte en Torquemada en carne y hueso: cada vez que el
juicio no se requiere sobre las personas sino sobre la cultura dominante y
las modas extravagantes que destrozan a los seres humanos. Precisamente
porque le importan mucho los hombres, se indigna con lo que les hace daño
y les induce a despreciarse o a no tratarse bien.
Dice mi amigo –porque por tal lo tengo- que lleva cuarenta años
escuchando a sus pacientes sin acostumbrarse, y yo doy fe de ello. Lo he
visto en consulta y en el estudio y experimenta una curiosidad paternal por
cada uno que se le pone delante. Gente completamente bloqueada, sumida
casi en la inconsciencia, ha recuperado delante de él la conciencia de su
propia importancia al percatarse de que alguien la estaba escuchando con
toda atención. Con este método cada paciente se siente único y se anima,
poco a poco, como en una resurrección psicológica conmovedora, a revelar
el dolor más profundo del alma. Por eso precisamente Aquilino lo sabe
casi todo de mí. Confieso que he aprovechado los espacios publicitarios,
que me permiten dejar la antena unos minutos, para contarle mis cuitas
sobre mis hijos, para plantearle mis problemas familiares y mis
sufrimientos y siempre he tenido en él una mano tendida, un médico
solícito y un consuelo oportuno y sabio. Aquilino es profundamente
tolerante, nunca tiene pretensiones sobre ti, siempre acompaña. Por eso
puede escribir en este libro: “Se respeta al otro cuando no sólo le dejamos
que sea como es sino también queremos que sea como es”.
Ignoro de dónde saca fuerzas para asombrarse siempre de nuevo con lo que
le contamos –al fin y al cabo la mayor parte de los problemas son comunes
al género humano y bastante aburridos- y adivino en él una vida espiritual
intensa que ha llegado a permitirle identificarse con los niños del
Evangelio: “Saben escuchar –van a leer ustedes en este texto- quienes no se
fían de sí mismos ni se sienten expertos en materia alguna, quienes acuden
al diálogo con la inocente mirada de un niño que ignora casi todo”. De
estos hondones –así como del estudio de la antropología- ha sacado
también que “la persona es un fin en sí misma y un fin tal –parafraseando a
Kant- que en su lugar no puede ponerse ningún otro fin para el cual debiera
servir ella como medio”. Muchas prácticas actuales de la genética, desde la
clonación terapéutica hasta los llamados bebés-medicamento estarían en
entredicho si los especialistas se molestasen en leer filosofía clásica. Pero,
claro, para eso harían falta generosidad y deseo de conocer la verdad sobre
lo que nos rodea.
Como Aquilino Polaino no se ha permitido ejercer la Psiquiatría ni tratar a
los seres humanos como si fuesen objetos ha descubierto no sólo que son
un fin en sí mismos, sino que necesitan “vaciarse” en otros para ser felices,
para cumplirse. Constituye este hallazgo el núcleo de una interesante
paradoja que justifica la existencia de este libro: “La persona, que es un fin
en sí misma, sin embargo no alcanza la plenitud del fin en que consiste si
no supera sus propios límites. Y no puede superarlos si no deja de estar
encerrada en sí, es decir, si no se abre a los otros. Puede afirmarse que el
hombre se hace hombre cuando se trasciende infinitamente, porque
entonces –y sólo entonces- alcanza y satisface su propio fin. Dicho de otra
forma: el hombre es tanto más él mismo cuanto mejor satisface el ser-para-
otro en que consiste”. De tanto escuchar, Aquilino ha comprendido que las
personas se entienden mejor a sí mismas cuando los otros las entienden, y
probablemente esté aquí el origen último del trabajo que nos ocupa sobre el
valor de la escucha.
Tienes entre tus manos, lector, el fruto de una carrera profesional de
apertura a las mentes y los corazones. Aquilino Polaino sabe escuchar, te
repito, y si existe alguna posibilidad de que aprendamos algo de lo que él
sabe es seguirlo en sus descubrimientos. Ésta, es verdad, es una sociedad
donde ganar dinero, trabajar y correr de una lado a otro es más importante
que pararse a dialogar, pero los hechos muestran que no somos dichosos
viviendo como vivimos. Así que este libro puede ser, en la medida en que
enseña el diálogo entre padres e hijos, cónyuges, jefes y empleados, entre
amigos y hasta con Dios, un camino para ser, sencillamente, más felices.
Cristina López Schlichting
1
Introducción
Después de casi cuarenta años de escuchar a pacientes psiquiátricos, el autor de
estas líneas, afortunadamente, aún no se ha acostumbrado. Se ha pasado más de media
vida escuchando, principalmente, a la persona doliente, y todavía le parece que ha de
seguir aprendiendo a escuchar. Sería un error, poco solidario por su parte, que la
experiencia de tantas horas no la ofreciera y compartiese —aunque sea de forma muy
sucinta— con las personas que se lo han solicitado. Acaso por esta razón, amigo lector,
se ha decidido a redactar el libro que tienes entre tus manos.
La escucha en el contexto de la psiquiatría clínica es algo muy especial. Lo más
frecuente es que la voz de quien habla le salga de dentro, de una tierra ignota y dolorida.
Escuchar a quien sufre es oír la voz —casi siempre veraz— que describe el sufrimiento.
El solo hecho de hablar conmueve muchas veces a quien habla. El discurso
entonces se quiebra, mientras la angustia se asoma a su rostro. Se revive lo que se
cuenta con un realismo tan pormenorizado y minucioso en ocasiones que, forzosamente,
ha de conmover también a quien escucha. Los ojos del paciente se abisman, desvían,
ocultan o recogen —entre pudorosos y vergonzantes—, a la vez que suplican a
hurtadillas el apoyo y la comprensión que necesitan. Es difícil no percatarse de que ese
discurso está clamando un poco de comprensión, el encuentro con alguien en quien
confiar y así poder compartir la angustia que, incesante, quema por dentro.
Tal vez, entonces, los ojos se llenen de forma inevitable de lágrimas o éstas
queden remansadas y apenas contenidas en el rostro humano, cuya expresividad es
siempre tan singular y diversa. Hay lágrimas que reviven el sufrimiento y lágrimas que
lo alivian; lágrimas liberadoras y lágrimas reparadoras; lágrimas de duelo y lágrimas de
reencuentro consigo mismo; lágrimas de quien se siente asustado de sí mismo y
lágrimas de quien, tras el desahogo, encuentra la alegría. Pero hay algo común a todas
ellas: la súplica que mendiga un poco de comprensión y alivio.
En este contexto, hasta el silencio —mejor, los silencios— es menester
escucharlo. El silencio, contra lo que pudiera parecer, no es sólo la mera ausencia de
sonido, de comunicación o de lenguaje. El silencio está hecho de sonidos no audibles,
pero sí distinguibles y, por supuesto, susceptibles de ser intuidos y captados por alguien
en su concreto significado.
Cuando en una entrevista se hace el silencio, el psiquiatra ha de aventurarse a
atravesar el espesor o la delgadez de las capas que lo constituyen. El hilo del silencio
teje en ocasiones capas densas y plomizas que resultan casi impenetrables. En otras, en
cambio, son apenas capas translúcidas y delicadas que permiten el paso de la luz. Cada
una de ellas aporta un nuevo significado. Y es preciso hacer las necesarias indagaciones
hasta apresar en ellas, con la mayor certeza y delicadeza posibles, su significado más
concreto y elocuente: aquel que, tal vez por ser inefable, no alcanza a encontrar las
palabras que con exactitud representan bien el significado que se desea comunicar.
Pero aquí las lágrimas, las más de las veces, son mudas. Son lágrimas para las
que los oídos se han vuelto impermeables y son casi imposibles de escuchar. Ha llegado
el momento de apelar a la vista. Saber escuchar, en esos instantes, consiste en tratar de
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