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INDICE
INTRODUCCION
El circuito pulsional del tacto – p. 6
– bruno bonoris y tomás pal
INSTITUCIONES
Política, salud mental y psicoanálisis. Algunos cruces
posibles en las instituciones de salud – p. 20
– luis sanfelippo
Antifilosofía de la praxis – p. 37
– damián selci
Psicoanálisis argentino & salud mental: reflexiones
políticas sobre la territorialidad clínica – p. 53
– julián ferreyra
GENEROS
Los hombres me explican la envidia del pene – p. 75
– sofía rutenberg
Despatriarcalizar la teoría: reabrir el conducto auditivo – p. 82
– fernanda magallanes
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¿Desobediencias? Problemas cruciales para un
diálogo posible entre psicoanálisis y genero – p. 98
– verónica cardozo y jésica ramírez
Fugitivo del lacanismo – p. 116
– jorge reitter
CLINICAS
Aspirar a la música de lalengua – p. 133
– nicolás cerruti
La sabia tontería de Sancho: la posición de un analista,
herramientas, caídas y transformaciones – p. 144
– gabriela insua
Fake Lacan. La obra oscura de Milner – p. 160
– martín krymkiewicz
Clínica “a distancia”. Dimensiones de un
psicoanálisis enredado – p. 174
– julieta goldsmidt y wang yi ran
La irrupción de la clínica digital – p. 186
– santiago thompson
POLITICAS
Por una historia político sexual del inconsciente – p. 198
– omar acha
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El inconsciente capitalista del psicoanálisis.
Notas marxistas en torno a la crisis y el fracaso
de la orientación burguesa en el psicoanálisis – p. 217
– emiliano exposto y gabriel rodriguez varela
El psicoanálisis. Una política (una poética del
psicoanálisis) – p. 237
– lila feldman
Psicoanálisis, política y racionalidad – p. 250
– roque farrán
FILOSOFIAS
Psicoanálisis ultra lego – p. 271
– daniela danelinck
Escuchar es escribir – p. 289
– marcos apolo benítez
Desde Derrida, un psicoanálisis en el texto – p. 298
– maximiliano cosentino
Los hijos ilegítimos de Descartes – p. 314
– félix morales montiel
La ontología del significante en los fundamentos
del psicoanálisis – p. 331
– nicolás garrera-tolbert
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INTRODUCCION
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El circuito pulsional del tacto
La inquietud por la supervivencia del psicoaná-
lisis, por el momento, está resuelta. La verdadera
interpelación es por la praxis analítica, es decir, por
la existencia de los psicoanalistas. Que los hay, los
hay: en los consultorios, los hospitales, las clínicas,
los centros de salud comunitarios, las escuelas, las
universidades y en las calles. ¿Cómo es posible que
estemos en tantos lugares pero pensemos desde tan
pocos? Tal vez seamos funcionales al sostenimiento
de un privatismo teórico-práctico.
El consultorio, como suele decirse de otros lugares
de encierro, no es un recinto de cuatro paredes con
una foto de Freud, una biblioteca, un sillón y un diván.
Es un modo de ejercer el psicoanálisis. Podríamos
hablar de prácticas consultoriales. Del silencio, la
soledad, la neutralidad, la extraterritorialidad y el con-
servadurismo. La razón principal de su perseverancia
es la renuncia a nuestros propios medios, los de la
palabra y su dimensión histórico-política. El mundo
sabe que los psicoanalistas no podemos presumir
de ninguna verdad sobre lo humano, aunque no es
tan seguro que nosotros lo recordemos, y para de-
dicarse a este oficio micronarrativizante es preciso
abstenerse de hablar sobre el mundo (y) desde uno
mismo. Esa es la arteria de nuestro método.
Freud “descubrió” el inconsciente, pero ¿quién
se atreve a hacer de él una propiedad? No se trata
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de competir con otras teorías en pos de un purismo
estéril. El objeto de la querella –la verdad de lo
humano– es un fantasma en disolución. Nuestro suelo
es epistemopolítico, y la existencia de los objetos
empíricos deriva de aquel. Si el hombre murió es
porque ya no tuvo donde vivir y no había Dios que lo
salve. Lo “dado” es independiente del sujeto, pero
no así del campo donde los cuerpos viven. Por otro
lado, no es imposible que lo imposible deje de serlo.
Todo cambia, hasta lo real.
Nadie sabe muy bien qué sucede en los consultorios
de los analistas. La divulgación freudiana se acerca
más a una interpretación psicoanalítica del todo,
que a una transmisión psicoanalítica a todos.
Lalengua viene a recordarnos que la divulgación y
la divagación son primas hermanas. Además, en el
ámbito del lacanismo no abundan las discusiones
clínicas, en especial si se lo compara con otras
corrientes en la historia del psicoanálisis o con
otros excedentes teóricos. Nos hemos vuelto más
tímidos, más pudorosos y más reservados, por no
decir mezquinos. Estamos rajados al medio por una
inhibición que se verifica en el silenciamiento de los
problemas prácticos. ¿Hemos perdido el interés por
el psicoanálisis? Estamos un poco decepcionados
con nuestros maestros, es cierto. ¿Cómo inscribir
al psicoanálisis entre las ciencias conjeturales, si
en cuanto alguien asoma la mirada por fuera de las
certezas paternas, los hijos pródigos improvisan
denuncias de las más infames frente al desvío
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herético de los bastardos? Los cruzados de la ciencia
tienen su propia misa.
Ahora bien, ¿cómo generar los medios para una
formación horizontal y sustentable que no derive
en la desafiliación, las enemistades torpes y las
autorizaciones prematuras? ¿Cómo repensar nuestra
formación en tanto trabajadores precarizados?
¿Cuánto tiempo más continuaremos sosteniendo las
ficciones forzadas del ágalma, del objeto precioso
que yace en nuestro interior, si además de regir
los honorarios en función del kilo de helado de una
heladería de barrio, algunos jóvenes analistas pagan
hasta para atender? Llamémosle transferencia “de
fondos”.
Todavía hoy hay quienes repiten con cierta
desconfianza si es posible practicar el psicoanálisis
en instituciones públicas de salud mental,
considerando, por ejemplo, que quienes acuden
como usuarios “no pagan” para atenderse. ¿A
qué responde dicha pregunta? ¿No esconde otras
preguntas por demás interesantes? Por ejemplo: ¿es
viable analizar cobrando un honorario que roza el
límite de la pobreza? Frente al “¿pueden los pacientes
atenderse sin pagar?”, debemos priorizar: “¿pueden
los analistas escuchar a alguien cobrando lo que
cobran?”.
Entonces, shhh. ¿O será que queremos preservar
nuestra intimidad? No hay motivos para ruborizarse;
por mucho que se utilice la comparación, un consultorio
está lejos de ser un dormitorio. Estamos demasiado
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preocupados, desdoblados, preguntándonos qué
dirían Freud, Lacan o nuestros propios analistas
sobre lo que hacemos con nuestros pacientes. Así,
escuchar se convierte en una empresa tormentosa,
cuando no inviable. ¡Si recordáramos más seguido
que el padre del psicoanálisis se ofrecía como objeto
digno de amor a sus pacientes, y que la celebridad
francesa exigía que se acuesten en su diván! No
hace falta más que soltar la lengua. En general,
trabajamos bastante mejor de lo que creemos. El
verdadero problema lo tienen los que ya saben.
Los motivos de este silencio (o del murmullo
intraescuela: a veces se piensa en voz baja...) son
heterogéneos. Solo podemos nombrar algunos. La
transmisión de la obra de Lacan generó un notable
efecto inhibitorio en los practicantes. Es posible que
esto se deba a la posición no siempre advertida de
quienes enseñamos. El mito académico promueve
que son unas pocas las beatitudes que acceden al
verdadero sentido de la obra del maestro. Infladas
por una épica de relatos estéticos, le arriendan a
los jóvenes zapatitos sus yoes rutilantes, aptos para
hacerse de las vainas de la idolatría y de los papelitos
de la desintelectualización. ¡Cuanto menos lectura
más analista!
Una elucidación sería necesaria para salir del
pantano teórico del estilo lacaniano. Somos como
la cría del ave que solo tiene que abrir la boca para
recibir el alimento masticado. La cosa se digiere
con facilidad, pero no se sabe bien qué tenemos en
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el estomago. La enseñanza no garantiza que haya
transmisión, que la cosa pase. Creemos que eso
se debe, entre otras cosas, a la represión del work
in progress. ¿Hemos olvidado que, al igual que en
un análisis, cualquier transformación sin su debido
proceso no es más que mera sugestión, que investigar
es un desplazamiento incesante entre preguntas que
se relevan, que la verdad es tan contingente como
provisional pero con incidencias vitales inapelables?
Un psicoanalista no puede ser una máquina de
asimilar conclusiones. Y una conclusión no puede
ser una bandera. El uso infinitamente repetido de
conceptos opacos y demasiado afines entre sí, el
llamado “idioma lacaniano” (en general, un conjunto
circular de oraciones subordinadas), alimenta
la idea de algo imposible de transmitir por sus
propias características y las del dispositivo que
supuestamente las revela. No-todo puede decirse,
nos dicen, mientras se regodean ante el noúmeno
clínico. “Oigamos silencio”: juisilence.
Se trata de una teoría que no deja de morderse
la cola. No hay mejor excusa para la vaguedad
conceptual y la pereza técnica que la inefabilidad
de la experiencia. ¿Qué podemos hacer con ella?
¿Cómo escuchar/leer las demandas inconscientes de
aquellos que acuden a nosotros? ¿Cómo hacernos
de epistemologías en las cuales la experiencia
se instituya como una instancia de reinscripción
conjetural?
Tenemos que salir del atolladero dicotómico
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